viernes, 28 de marzo de 2014

On 8:17 by Victoria Stanham in ,    No comments
Cuando te embarcás en un cambio (o sea, en cualquier proceso de aprendizaje) estás dando un salto a lo desconocido. Te metés en territorio nuevo, donde no tenés un trillo marcado para seguir. Como dice el poema y la canción, “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
El problema es que, muchas veces, esto da miedito. ¿Para dónde arranco? ¿Cuál es el camino más corto a mi destino? ¿Y el más seguro? ¿Qué monstruos y dragones me encontraré por acá?
A veces tenés brújula y mapa, pero eso nunca es lo mismo que conocer el territorio. Y a veces, simplemente, estar sola en ese lugar tan vasto y desolado te puede quitar las ganas de seguir adelante… Y te das media vuelta y volvés a tu lugar de siempre; para vivir con la eterna pregunta “¿Qué hubiese sido si me hubiese animado a caminar ese cambio?”
No desesperes. Siempre se puede retomar el camino, no importa el momento.  Lo que necesitás es un guía; alguien que ya conozca el lugar y te pueda acompañar y presentar el territorio y a sus habitantes… hasta que agarres viento en la camiseta y te animes a recorrer y descubrir nuevos caminos por ti misma.
La pregunta ahora es: ¿cómo elegir un buen guía?

A veces no tenés mucha opción porque conocés sólo un habitante del lugar, y no te queda otra que aceptar su guía o caminar sola (y a veces más vale estar sola, que mal acompañada).
Otras veces hay tantos guías disponibles que no sabés cuál elegir, ni con qué criterio. Todos te ofrecen algo interesante. ¿Cuál es la mejor opción para ti? 
Elegir un buen guía puede hacerte toda la diferencia al momento de disfrutar el proceso de cambio. Un buen guía no es necesariamente el que sabe más del territorio en sí mismo (aunque eso ayuda), sino quizás el que sabe más sobre cómo adaptarse a los cambios en el nuevo territorio, y por ende te puede mostrar y modelar el proceso que tenés que seguir. Porque no es cuestión de que te den pescado, sino que te enseñen a pescar.
Aunque es imposible ser infalible en la elección, te voy a pasar los 8 tips que yo más uso para reconocer a un buen guía. Usalo como checklist cuando vayas a elegir a cualquier maestro, profesor, gurú, líder, mentor, facilitador, coach o terapeuta; o sea, cualquier persona que te va a mostrar cómo empezar a recorrer un nuevo territorio.
1) A su lado te sentís segura. Si estamos en una reacción de alerta no podemos absorber nuevo material, nuestro foco es sólo uno: sobrevivir. Poderte sentir segura tiene mucho que ver con tu capacidad de auto-regularte, y el guía puede ayudarte en eso cuando él tiene esa capacidad desarrollada en sí mismo.
Esta pauta es LA MÁS IMPORTANTE; todas las siguientes no sirven de nada si esta no se cumple. Es más, todas las siguientes pautas son distintas variables que te permiten sentirte segura al lado de tu guía.
2) Sabe escuchar. El guía puede que conozca todo el territorio y todos los caminos posibles, pero si no sabe escuchar lo que tú le estás pidiendo, te puede mandar para cualquier lado. Claro que es tú responsabilidad aclarar tu pregunta para recibir la respuesta más adecuada. Sin embargo, los mejores escuchas pueden incluso ayudarte a aclarar tu pregunta si ni tú sabés qué querés.
3) Sabe un poco más que tú del territorio. No necesita ser un experto. A veces no necesita más que estar un paso adelante tuyo, para así dejar una huella que te marca tu próximo paso a dar.
4) Te explica de forma clara. Es importante que pueda explicarte el siguiente paso en una forma que tú puedas entender y que atrape tu atención. Todos aprendemos de diferentes maneras, y un buen guía sabe adaptar su explicación a la tuya.
5) Te gustan sus fundamentos. Todo guía se basa en principios o creencias fundamentales que subyacen a sus explicaciones y métodos concretos. Para disfrutar del camino que propone es importante que resuenes con esa filosofía.
6) Actúa y vive en coherencia con lo que enseña. De nada te sirve un guía que sólo conoce la teoría del problema y su solución. Tiene que caminar el camino también; sólo así podrá comprender a lo que te enfrentás en cada paso del cambio.
7) Asume su rol. Esto significa que es consciente de su lugar y actúa en consecuencia, asumiendo las responsabilidades que vienen con el rol. Su visión de lo que esto implica va a estar basada en sus principios (ítem 4).
8) Es flexible y humilde. A medida que avanzás en el camino, vas a empezar a adquirir ideas propias sobre por dónde y cómo querés caminar. Un guía flexible te permite expresar tu curiosidad y te apoya en tus exploraciones. Un guía humilde sabe cuándo tus preguntas, intereses o necesidades sobrepasan su conocimiento o serían mejor satisfechas por otro guía. El mejor guía es el que entonces te deja volar sin restricciones, con su bendición y con alegría de haber cumplido su misión contigo.
En resumen, cuando elijas un guía asegurate que a su lado sentís que podrás desplegar todo tu potencial. Todos somos diferentes y nos dan seguridad diferentes cosas, por lo que no hay un único mejor guía para todo el mundo. La guía suprema está dentro tuyo, es esa voz que te dice “seguí por un rato a esta persona, tiene la próxima pieza del puzle que necesitás para seguir”.
Y es que ni siquiera un buen guía externo puede asegurarte el éxito. Si no te la jugás tú a caminar un poco sola, al menos las partes ya caminadas para habituar los nuevos patrones, nunca serás realmente libre en el nuevo territorio. En un guía no estás buscando una muleta de por vida, ¡lo que buscás es un trampolín!
¿Cómo logramos la libertad en el nuevo territorio?
En el próximo blog vamos a explorar las 3 formas básicas de hacer del nuevo territorio tu casa:
1. El rol del guía (empujar los límites de lo conocido)
2. El rol del grupo de práctica (practicar herramientas para vivir en el nuevo espacio conquistado)

3. El rol de la práctica individual (afianzar lo conquistado y dar nacimiento a nuevas preguntas que llevan a nuevos descubrimientos)
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image credit: Pixabay 

viernes, 21 de marzo de 2014

On 18:51 by Victoria Stanham in ,    No comments
En mi último blog planteé este problema:
Ir de tu postura actual a tu mejor postura es tan simple como dar un paso… pero ese paso es tan monumental en su poder de transformación que quedamos paralizadas con el pie en el aire.
¿Qué hacer entonces?
Hoy te lo respondo:
Lo que necesitás son 4 cosas básicas:
·        atención
·        una brújula
·        un mapa
·        un guía.

Veamos cada punto rápidamente.

ATENCIÓN
Vivir desde una nueva postura (por más cómoda y elegante que sea) es como mudarte de barrio. Al principio estás un poco desorientada. Si no estás atenta mientras manejás tu auto del laburo a tu casa, acabás en tu viejo barrio; por hábito, porque estás acostumbrada a tomar el antiguo camino sin tener que pensar.
Ésta, aunque no lo parezca, es la parte más difícil. Mientras trabajamos con mis alumnos sobre su postura y movimiento, yo les recuerdo una y otra vez antes de moverse que: 1) paren (mantener la calma), 2) recuerden su objetivo mayor (crear espacio para el movimiento), 3) aflojen la tensión habitual en lugares clave (pies, isquiones, axilas, ojos, mandíbula). Recién entonces comienza el movimiento, porque recién entonces estarán realmente atentos a lo que ocurre en el camino.

UN MAPA
Si te mudaste a un nuevo barrio, vas a necesitar una mínima noción del mapa del mismo. El mapa te permite saber dónde están los lugares importantes para ti, y cuáles edificios o espacios pueden actuar como mojones para orientarte.
En relación a tu postura, hay ciertas estructuras óseas y zonas del cuerpo que vale la pena conocer y reconocer. Son como mojones que te indican dónde están tus partes en relación a otras. Además son zonas donde tiende a acumularse tensión sin que nos demos cuenta, afectando terriblemente nuestras posibilidades de mantenernos erguidos con comodidad.
Las primeras que enseño a reconocer son:
-      los pies (tus dedos nacen de la mitad de tu planta, soltalos desde ahí)
-      los isquiones (son los 2 huesitos sobre los que te sentás, tienen que estar bien apoyados en la silla, y suave el espacio entre ellos)
-      las axilas (es en verdad la articulación de tu hombro, y necesita espacio. Chequeá esta entrada para aprender a soltarla)
-      los ojos (recuperá tu mirada periférica, suavizá el foco)
-      la mandíbula (nace justo delante de tu oído. Pensá en soltar desde allí)
En próximos blogs voy a ir desarrollando ejercicios para soltar cada una de esas partes. No te los pierdas.

UNA BRÚJULA
Si estás en un nuevo lugar, y querés ir de tu casa al súper, tenés que saber en qué dirección está el súper. La brújula te ayuda a definir la dirección que relaciona un punto con otro.
En relación a tu postura lo que necesitás es aprender a percibir no sólo dónde está cada parte clave, sino sobre todo qué relación de espacio hay entre ellas. A medida que aumenta tu reconocimiento del espacio, aumenta tu sentido de la orientación en él, y podés reconocer las direcciones de largo y ancho que unen los puntos clave.

UN GUÍA
Imaginate ahora que te mudaste al nuevo barrio pero el mapa que te dieron está escrito en un idioma que no conocés y que tu brújula (sin que lo sepas) está descalibrada. Ya te mudaste, te gusta el nuevo barrio, pero no tenés ni idea cómo manejarte en ese nuevo lugar. ¿Qué hacés entonces?
Te buscás un vecino amigable, que hable tu idioma y te pueda ayudar a navegar el nuevo lugar.
Un buen guía cumple funciones clave:
·        Te ayuda a reconocer mojones importantes del terreno para orientarte.
·        Puede darse cuenta que tu brújula está descalibrada, ayudarte a ajustarla, y enseñarte a usarla.
·        Te da explicaciones claras y concretas sobre cómo llegar de un punto a otro.
·        Si tu destino es imposible de explicar en palabras, te acompaña en el trayecto para guiarte paso a paso. Y lo puede hacer varias veces, hasta que tú te armás tu propio mapa mental del lugar, con tus propias referencias… Hasta que un buen día te encontrás dando tú direcciones a algún nuevo vecino que se mudó al barrio.
Lo mismo ocurre con un cambio de postura. Es como estarte mudando a una nueva definición de ti. No es un lugar totalmente desconocido, sigue siendo tu cuerpo (te mudaste de barrio, no de país ni de planeta), pero se percibe lo suficientemente diferente y ajeno como para tenerte desorientada por un rato. Lo que necesitás es poder recurrir temporariamente a alguien que ya habita ese nuevo lugar al que te mudás. 
En resumen, si estás con ganas de cambiar tu postura, y hacer más elegante y disfrutable tu movimiento, vas a tener que mudar ideas, aprender nuevas cosas sobre ti, y tener mucha paciencia contigo misma, porque toda adaptación lleva tiempo.
No tenés por qué hacer esta transición sola. El camino se disfruta mucho más acompañado. En ese nuevo lugar al que querés ir, ya hay gente que puede ayudarte a instalarte más rápido en tu nueva casa.
En el próximo blog, te voy a dar los tips para reconocer y encontrar al vecino-guía ideal… porque no querés tocarle la puerta al amargo del barrio en tu primer día y que te salga corriendo el perro.

¡Nos vemos!


viernes, 14 de marzo de 2014

On 8:36 by Victoria Stanham in ,    No comments
La Mala Postura es de esos males silenciosos, como el colesterol, o el mal aliento: no lo notás hasta que se te vuelve un problema grave (una joroba, una hernia de disco, una jaqueca funesta, una contractura de las que te dejan dura en cama).
Sólo te acordás que tenés mala postura cuando te ves en un espejo, cuando te duele la espalda, o cuando una amiga, pareja, madre (o conocida desubicada) te dice, “¡Ay nena! Tenés que hacer algo con esa postura. Si no, te va a salir una joroba, como al camello.” 
En esos momentos, y por un rato, hacés algo para enmascarar el problema: Apretás la espalda para enderezarte (esto te dura hasta que te duele o cansás); Salís a comprar una silla/cama/computadora ergonómica (esto te dura un ratito, hasta que te las ingeniás para estar en la posición de siempre arriba del aparato ergonómico); Googleás “ejercicios para corregir la postura” (y los hacés, con suerte y viento a favor, una vez y nunca más).
Pero en el fondo, sabés que el tema de la postura no es algo que podés solucionar con un parche. Tenés que tomártelo en serio… y es eso lo que te da pereza. Hay que cambiar cosas… ¡ufa!

Te paso una buena noticia: Cambiar tu postura es simple y sumamente placentero.
Es simple porque el cambio fundamental ocurre en un instante: de repente y sin hacer esfuerzos musculares estás más suelta, más erguida, y sin dolor de espalda, se siente rarísimo pero muy placentero.

Te paso una mala noticia: Sostener ese cambio no es fácil.
Aprender a vivir desde ese nuevo lugar te lleva tiempo, tenés que acostumbrarte a una nueva forma de estar, de ser, de sentirte… y por más placentera que sea, no tenés ni idea cómo manejarte desde esa nueva identidad (hasta puede parecerte que te van a mirar raro, y decirte, “Che, qué cambiada que estás. ¿Sos la misma de siempre o andás en algo?”)
¿Por qué?
La respuesta está en la propia palabra “postura”.
La palabra postura describe no sólo una forma física. Usamos la palabra postura también en frases como “¿cuál es tu postura con respecto a este tema?”.
En este caso la palabra postura no habla de espaldas derechas o encorvadas; habla del punto de vista de la persona… y tu punto de vista surge de dónde (y cómo) estás parada (literal y metafóricamente). [Si te interesa el tema, chequeá esta entrada sobre la postura y el estado de ánimo, o esta sobre el tema de las palabras y sus interpretaciones].
Por lo tanto, cuando hablamos de “cambiar nuestra postura” estamos hablando de cambiar no sólo nuestra apariencia física, sino que nos estamos metiendo en el tema de cambiar desde dónde y cómo encaramos la Vida.
En febrero di una serie de talleres de postura a un grupo muy variado de personas. En el espacio de una hora y media, todos pudieron recorrer el camino desde su postura habitual a una postura erguida y elegante, que no requería esfuerzo muscular para sostener.
Sin embargo, sostener en el tiempo esa muy disfrutable postura requiere de un cambio interno, un cambio en la forma en que pensás sobre la postura. Y esa es la parte difícil del cambio… sostener, hasta habituar, la nueva forma de pensar.
El cambio requiere energía, y eso cansa. [En esta entrada exploro este tema de la fatiga del cambio].
El cambio requiere vivir por un tiempo en desequilibrio, y eso da miedo. Es vivir por un tiempo sin conocer todas las reglas, sin tener todas las respuestas. Esta situación no es eterna, pero al comienzo del cambio sos una principiante, y sostener esa vulnerabilidad no es fácil. [Si te interesa, en esta entrada y en esta te cuento sobre mis experiencias con este tema].
El cambio requiere aprender a vivir desde el nuevo lugar en diferentes situaciones. Quizás podés sostener el cambio de punto de vista mientras estás tranquila tomándote un té, durante tu clase de yoga, en la caminata por la playa… pero… ¿y qué del momento cuando todo explota en el laburo? ¿Y cuando tenés una discusión con tu pareja, tus hijos o una amiga? ¿Y cuando tenés una entrevista, reunión o conferencia importante? ¿Y parada en 10 centímetros de taco durante una fiesta en la que no tenés dónde sentarte? [Mi consejo básico para estos casos sigue siendo el de esta entrada, pero vamos a explorar cada uno de estos casos en futuros blogs.]
Es frustrante, lo sé. Ir de tu postura actual a tu mejor postura es tan simple como dar un paso… pero ese paso es tan monumental en su poder de transformación que quedamos paralizadas con el pie en el aire. Tenemos la herramienta y las direcciones para cambiar, pero no nos animamos a empezar a caminar. Ya no podemos volver atrás y hacernos las que no sabemos cómo cambiar, pero tenemos miedo a fracasar. En ese espacio que no es ni acá ni allá aparecen las dudas: “¿Y si quedo rara? ¿Y si me critican? ¿Y si lo estoy haciendo mal y me lastimo más? ¿Y si no me gusta en lo que me transformo? ¿Y si trato y no me sale?”
¿Qué hacer entonces? ¿Con qué brújula te orientás en este nuevo territorio?

Este blog ya está más que largo… exploremos estas preguntas en el próximo.

sábado, 1 de marzo de 2014

On 9:24 by Victoria Stanham in ,    No comments
Arranca el año académico, y en Uruguay eso quiere decir que el año arranca para todos… (y que termina finalmente de “arrancar” después de Semana Santa… es así, nos tomamos nuestro tiempo acá).



¿Qué significa esto para muchas personas (incluyendo a quien escribe)? 

Estrés… que se continúa por varias semanas.

¿Qué forma específica del estrés? 

Estrés de agenda (es ese que te agarrás cuando tenés que coordinar nuevamente tu agenda, con la de tu pareja, la de tus hijos, la del laburo, la del colegio, la del profe particular, para que todo el mundo esté donde tiene que estar a la hora indicada.)

¿Por qué es que coordinar agendas produce tanto estrés? 

Decisiones, demasiadas decisiones, y no todas dependen de tus preferencias o tus tiempos para concretarse.

¿Tengo la solución que quitará el estrés de esta época del año? 

Desgraciadamente, no. Me temo que, por lo menos por ahora, voy a tener que aceptar que es parte de la Vida, y sobrevivir lo mejor que pueda.

Todo comienzo, (ya sea del año, de un nuevo proyecto, un nuevo hogar, un nuevo integrante de la familia… o lo que sea) va a poner a todo tu sistema bajo estrés.

¿Por qué? 

Porque todavía no tenemos rutinas (o sea, hábitos) para manejarlo. Es un nuevo estímulo que está desafiando tu statu-quo, tu punto de equilibrio actual. Todos tus previa y cuidadosamente planificados sistemas y rutinas son puestos patas para arriba, y todo lo que no esté enraizado con fuerza en ti, se volará con los vientos del cambio.

Es en estos momentos que nuestros hábitos más arraigados saldrán a ayudarnos a economizar energía… y no siempre con los mejores resultados. Nuestros hábitos más arraigados son tan fuertes que ni nos damos cuenta que los tenemos; son parte de nuestra definición personal. En momentos de estrés, si sos un fumador, fumarás más, si sos de preocuparte, te preocuparás más, si sos de comerte todo, chau-chau dieta balanceada.

¿Por qué tiene que ser así? 

Una vez más la respuesta es, la fatiga por toma de decisiones. Mientras estás intentando lidiar con el factor-estresor, toda tu energía mental y moral se usa en esa lucha, y no queda ningún poder auto-regulatorio para otras áreas. Estás demasiado cansada para cocinar una cena equilibrada (a no ser que comer sano sea tan natural para ti que no te podés imaginar no haciéndolo) así que acabás llamando al delivery o saliendo a comer por ahí. Estás demasiado cansada para mantener tu rutina de ejercicio físico (a no ser que vivir sin moverte sea inconcebible para ti) así que te la salteás por una semana… o más.

¿Qué hacer con esto? 

Para arrancar, no trates de cambiar demasiadas cosas todas juntas. Elegí 2… y encará cada una según sus características.

La primera está decidida por ti, es eso que ya está pidiendo tu atención. Es eso que te está causando tanto estrés ahora, y que sólo tú podés solucionar (o sea, nadie puede arreglar tu agenda por ti). Ese estímulo al cambio viene de afuera, viene de tu contexto. La cantidad de estrés que te generará va a depender de tu personalidad y las características de tu situación en particular (o sea, cuántas pelotas tenés en el aire al mismo tiempo).

Estos tipos de cambios son urgentes (aunque no siempre ni necesariamente importantes). Se te aparecen de repente, sin previo aviso, y no hay mucho que puedas hacer para anticiparlos.

La segunda área de cambio es aquel estresor que te pusiste tú a ti mismo, para mejorar tus condiciones (tu salud, tu postura, tus finanzas, tus relaciones, etc.).  

Estos son los tipos de cambios que son importantes, y producen satisfacción a largo plazo. Pero como no siempre parecen urgentes (lo cual no significa que no lo sean), tienden a ser pospuestos hasta que logremos terminar de solucionar la última crisis de nuestra agenda (el problema es que, lo más seguro, para cuando se acabe una crisis haya levantado las orejas una nueva… así es la Vida… y tú seguís posponiendo el cambio que debés hacer).

¿Cómo podés hacer para mantener tu trabajo en el cambio positivo cuando la Vida te manda otro pelotazo de crisis-de-agenda?

Conseguí ayuda, del tipo que te permite crear rutinas que inducen el cambio.

La ayuda de este tipo viene en muchas versiones, dependiendo del tipo de cambio que estás intentando: un grupo, un amigo, una clase, un terapeuta, un maestro, un coach, una cocinera, una niñera (¿se entiende?). El punto importante es que te saques un poco de la angustia-por-decisiones de tus espaldas, delegando algunas de esas decisiones a alguien que está mejor preparado para cargar con ellas… y así tú te podés concentrar en lo que es esencial del tema.

Es por esta razón que tomamos clases, nos unimos a grupos, vamos a cursos y talleres, etc. Lo que queremos son los resultados y felicidad de hacer algo para nuestro beneficio… con sólo la cantidad de pensamiento y decisiones que podemos manejar en ese momento, y así evitar quedarnos completamente ahogadas y paralizadas bajo un alud de minucia.

Por ejemplo, cuando comenzás a tomar clases de algún tipo de baile, ya es lo suficientemente complejo lidiar con la adquisición del conocimiento en sí mismo de algo nuevo. Uno es un principiante, y es bastante complejo ya el tener que saber cuál pie apoyar dónde, en qué secuencia, tiempo, ritmo, emoción, etc. No querés, además, tener que estar decidiendo qué música poner, cuál paso aprender luego que construirá sobre la base del actual, cómo encontrar una hora, lugar y compañía para tu período de aprendizaje, etc.

Ir con un profesor a tomar clases (ya sea de forma individual o en grupo) te saca la responsabilidad de tener que tomar decisiones superfluas a lo esencial: tu trabajo es ser el alumno y aprender el baile (eso es lo esencial)… del resto, de toda esa planificación y organización, se encarga tu profesor, pues para eso está preparado en lo que enseña.

Encarar el esfuerzo de cambio en buena compañía te ayuda a mantenerte motivada durante el proceso (a pesar de cualquier locura de tu agenda u otro estresor externo).

Le da orden a tu vida al crear una rutina que podés seguir sin tener que tomar ciertas decisiones que te roban energía (por ejemplo, las clases con los lunes a las 2pm, y punto, no hay discusiones al respecto). Esto significa que tenés más energía para encarar el cambio en sí. También te ayuda a crear un hábito de cambio: te pone los pasos en orden, te da un tiempo y un espacio para practicar, te desafía para que llegues al próximo nivel de logro.

Entonces, ¿qué estás esperando? 

La Vida no va a dejar de mandarte pelotazos. Quizás, lo que tenés que aprender es cómo atajarlos y devolverlos sin pestañear, con gracia, elegancia y una sonrisa. 

¡Así que dale! ¡Elegí tu cambio y encontrá tu grupo o tu profesor! Volvete un Maestro del Cambio.

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Si hacer algo sobre tu postura era uno de los cambios que te habías propuesto para este año, no te pierdas los Talleres de Postura

A pedido de varios que se quedaron sin poder participar en febrero, agregué días y horarios en marzo.

La información ya la envié a mi lista de contactos. Si no te llegó o te la perdiste, mandame un email a vstanham@gmail.com y te la envío.

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