viernes, 31 de enero de 2014

On 20:06 by Victoria Stanham   No comments
¿Por qué siempre reacciono de la misma manera cuando ya me dije a mi misma mil veces que lo iba a hacer diferente la próxima vez?

¿Por qué es que a veces me despierto al alba, me visto, desayuno, agarro mi cartera y las llaves y estoy a medio camino a la parada del bondi cuando me doy cuenta que “Algo está mal, no hay nadie en la calle… ¡Ay no! ¡Es sábado!  ¡¡¡¡¡Podría haberme quedado en la cama!!!!!” ?

¿Por qué es que solo me acuerdo de hacer algo que pretendía hacer diferente cuando estoy a medio camino de hacer lo mismo de siempre?

¿Te pasó alguna vez algo como esto? ¿Te preguntaste si estás loca, fallada o sos simplemente inepta porque no te podés acordar ni siquiera lo que decidiste que ibas a cambiar hace 2 minutos?

Bueno, no hay nada malo contigo, sos simplemente humana (a no ser claro, que creas que justamente ESE es el problema contigo… y te hubiese gustado más nacer perro, pájaro, hada… o Dios).

Pero de todas formas, ¿por qué tiene que ser así?

Habitos. Tu cerebro AMA los hábitos. Los hábitos le permiten poner a todo el sistema en piloto automático, lo cual le ahorra un montón de energía. Pensar (pensar de verdad… el tipo de pensar que transforma al cerebro al crear nuevas conexiones neurológicas) es mucho trabajo para el cerebro… porque construir algo de cero lleva mucho más tiempo que usar algo pre-hecho (y no te las agarres con el cerebro… la próxima vez que llames al delivery por una pizza en vez de cocinarte tu propia comida porque estás demasiado cansada para pensar qué hacer para la cena, estás reaccionando igual que tu cerebro).

No todos los hábitos son malos. Algunos son duendecitos espléndidos que te ayudan a realizar trabajos complejos rapidísimo sin que siquiera tengas que pensar en ello.

Pero otros son molestos gremlins que, aunque hace rato pasaron su fecha de vencimiento, se instalaron en tu cerebro y no tienen ninguna intención de mudarse hasta que tú te decidas a perseguirlos en serio.

La Técnica Alexander te ayuda a luchar contra los molestos gremlins del hábito.

La Técnica Alexander trabaja ayudándote a mantener tu cabeza sobre tus hombros (literalmente) al volverte consciente de cuándo los hábitos se activan en tu cuerpo… y por lo tanto dándote la oportunidad de recordar lo que realmente querés hacer esta vez.

¿Cómo ocurre esto?

Tu cuerpo es una de las mejores puertas para acceder al presente. A diferencia de tu mente, que está constantemente saltando del pasado al futuro y vuelta para atrás, tu cuerpo está siempre en el Ahora.

Si lográs conquistar el hábito (del tipo duende ayudante) de rutinariamente escanear tu cuerpo para encontrar tus tensiones escondidas (los gremlins), vas a poder tener un aviso temprano de cuando un gremlin levanta una oreja. Entonces te va a dar el tiempo de parar antes de zambullirte de cabeza y darle cuerpo a tu reacción habitual (instigada por el gremlin).

En otras palabras, a medida que te volvés más consciente de tu cuerpo, podés sentir cuando tus tensiones habituales se activan antes de que te obnubilen por completo el pensamiento. Esto es lo que te permite parar y pensar… convocar a tus capacidades de pensamiento y de auto-regulación, y frenarte antes de zambullirte en tu reacción de siempre.

Resultado: TÚ más FELIZ, porque TÚ decidís lo que TÚ querés hacer (y no un gremlin atrevido).

Hasta podés decider si querés hacerte amiga del gremlin de todos modos y dejarlo pasar al medio del escenario… porque es más fácil, y estás cansada y simplemente no tenés la fuerza de voluntad en este momento para navegar la situación con más consciencia… Pero al menos podés decidir eso, lo cual hace el lidiar con las consecuencias de las acciones gremlinísticas un poco menos traumático.

Y eso nada más que para empezar.

A medida que te volvés más ducha en esto de “parar antes de meter la pata”, y practicás tu reacción elegida cuando tenés la fuerza cognitiva para hacerlo, gradualmente hacés que la acción preferida sea vuelva tu hábito (estás educando al gremlin y transformándolo de a poco en un duendecito útil).

Y como también te está volviendo más fáciles y disfrutables tus movimientos físicos… está aumentando tu potencial en todo tipo de áreas (pensá en deportes, artes, hobbies… cualquier cosa que te requiere mover alguna parte del cuerpo). Esto te hace incluso más feliz… y cuanta más gente feliz haya por ahí, más feliz será el mundo todo.

(Y por si acaso, también te ves mucho mejor… ¿y a quién no le gusta eso? Y te hace más alta y elegante… lo cual, cuando apenas alcanzás el metro cincuenta y nueve como yo, es definitivamente un plus).

Entonces, ¿qué estás esperando? ¡Vení a reclamar tu porción del pastel feliz!

Si estás en Uruguay, unite a mi lista de correo (ahí arriba a la derecha tenés un lugar donde ingresar tu nombre y email) y entérate cómo agendar tu primera clase para experimentar esta magia por ti misma. Todavía quedan unos poquitos lugares disponibles para los talleres de postura de febrero, si preferís arrancar con un taller temático. O simplemente mandame un email a vstanham@gmail.com y preguntame lo que quieras del tema.

Si no estás en Uruguay, entrá en AlexanderTechnique.com y ahí tenés información sobre dónde encontrar a un profe de Alexander cerca de ti.

¡Abrazo! Y hasta la próxima.

Victoria


viernes, 24 de enero de 2014

On 14:07 by Victoria Stanham in , ,    No comments
Así que querés cambiar tus hábitos posturales…

¿Cómo se hace eso?

Para empezar, dejemos lo básico claro.

La Postura es es un fenómeno psicofísico. No es solo tu cuerpo, es todo tú: cuerpo + mente + emociones. Sirve pensar que tu cuerpo, mente y emociones son en verdad UNA misma realidad reflejada en TRES espejos diferentes. Existe incluso un CUARTO espejo que es tu contexto, o mejor dicho, tu experiencia de tu contexto.

Me gustaría contarte hoy de este cuarto espejo.

Tu experiencia de tu contexto está dictada por tu estado de ánimo.

¿Qué es una estado de ánimo?

Un estado de ánimo es una actitud hacia la experiencia que estás viviendo. Aunque nuestros estados de ánimo varían en el tiempo, tenemos una actitud fundamental de base a la que quizás podríamos llamarle tu estructura de carácter o tu personalidad.

Una de las características de mi estructura particular es que tiendo a retraerme cuando me siento amenazada. En cuanto siento que tu energía invade mi espacio personal puffff! Me fui en espíritu a alguna otra parte y te quedaste hablando con lo que queda de mi: una cáscara vacía pero muy educada que te va a decir “aham, ehem. Claro. Muy interesante” y se va a reír en todos los lugares correctos… pero que no está ahí.

Si te gustan las anécdotas, te puedo contar cómo descubrí esta tendencia mía a escaparme energéticamente de las situaciones. [Si no te divierten las historias, saltá a la parte que dice “¿Y qué tiene que ver esto con cambiar hábitos posturales?” … no me enojo ;)]

El día que tuve un atisbo de mi mentalidad…

Ocurrió durante una clase de Técnica Alexander hace unos años. Mi profesor me estaba guiando con sus manos mientras yo me paraba y me sentaba en una silla cuando de repente me di cuenta: “Me estoy retrayendo del contacto”. Y no era sólo del contacto con las manos del profesor. Noté la tensión en las plantas de mis pies… como si estuviera tratando de retraerme del contacto con el piso. Mis isquiones (los huesitos sobre los que nos sentamos) estaban apretados, como si me estuviese retrayendo del contacto con la silla. Era como si estuviese succionando mi esencia lejos de mi periferia hacia donde no pudiese ser tocada por nada ni por nadie.

Fue una de esos momentos de comprensión que te cambian tu perspectiva completa sobre todo. “Me retraigo del contacto.” No era una cosa simplemente física, era algo que hacía con todo mi ser. Me retraía en mis relaciones con otros, me cuidaba, me daba miedo el contacto, me abrumaba rápidamente la energía de la gente.

En el extremo opuesto del espectro, cuando me sentía segura con alguien, acababa perdiéndome en el otro, me aferraba, perdía mis referencias personales. Obviamente, tenía que trabajar con el tema de los límites.

Estas dos respuestas al contacto eran todo lo que conocía, por lo que no hubiese podido responder diferente aunque quisiese. Eran también automáticas y por lo tanto completamente inconscientes. Esto significa que no sabía (hasta ese momento) que estaba reaccionando así.

La buena noticia es que cuando se tiene un momento de “¡aha!”, como el que tuve durante esa clase, quiere decir que uno pudo salirse del patrón, aunque sea por unos segundos, y verlo. Y cuando uno ve algo, uno puede ver también las alternativas a ese algo, puede analizarlo, aprender sobre él, jugar con él. Recién en ese momento pude descubrir de qué se trataba el juego este.

¿Y qué tiene que ver esto con cambiar hábitos posturales?

Bueno, primero que nada, analicemos cómo funciona un hábito. [Si te interesa saber más del tema de hábitos y su funcionamiento te invito a chequear esta entrada de mi otro blog].

Las primeras veces que te enfrentás a un nuevo estímulo, tu cerebro entra a trabajar a toda máquina con el fin de descubrir algún patrón reconocible en la situación. En cuanto reconoce un patrón, el cerebro se tranquiliza porque ahora sabe qué respuesta requiere la situación: el cerebro ejecuta la respuesta pre-determinada para ese tipo de patrón y todo el sistema entra en piloto automático.

Tu cerebro tiene un depósito de patrones de respuesta (hábitos) que ha construido (y sigue construyendo) durante toda tu vida. Estos patrones son respuestas automáticas a estímulos determinados, y son los que te permiten funcionar día a día ya que evitan que tengas que tomar decisiones a cada paso. O sea, es algo bueno que hayas aprendido y automatizado la mecánica de caminar cuando eras niño, para no tener que ahora estar pensando cómo coordinar tus piernas para ir de la cama al living.

¿Pero qué pasa cuando tus patrones de respuesta están desactualizados?

Si leíste mi historia, habrás deducido que en algún punto de mi vida había habituado una respuesta de retracción al contacto. Esta respuesta probablemente fue necesaria en el momento que la empecé a usar; seguramente era lo mejor que podía hacer dados mis recursos en ese momento.

Sin embargo, la necesidad de retraerme del contacto expiró hace tiempo; ahora yo cuento con más y mejores recursos. Pero, en algún momento mi cerebro había automatizado la respuesta, por lo que NO estaba decidiendo conscientemente usarla… simplemente se activaba ante cualquier situación de contacto.

Este patrón de respuesta al contacto (que que estaba actuando todo el tiempo porque, de hecho, estamos ‘en contacto’ con algo todo el tiempo) creaba una mentalidad particular, una actitud hacia la vida en general, y una postura o fisionomía particular que la acompañaba.

Había estado trabajando sobre mis hábitos posturales por varios años (con diferentes grados de éxito) cuando por fin me llegó este pedazo crucial de información. Recién ahora estaba realmente lista para el cambio: recién ahora me daba cuenta que la postura surge de una mentalidad, y lo que yo necesitaba no era sólo corregir mis hombros caídos… era cambiar mi manera de ver el mundo.

¿Qué podés hacer tú para empezar a cambiar tus hábitos posturales?

Necesitás descubrir cuál es tu actitud básica hacia el contacto. ¿Te retraés? ¿Empujás? ¿Te aferrás? ¿Tenés una actitud ambivalente?

Si realmente querés cambiar tu postura, este es un dato clave.

Victoria

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"Young lady with reflection" by admr/freedigitalphotos.net



viernes, 17 de enero de 2014

On 13:11 by Victoria Stanham   No comments
¿Cuál es la primera pregunta que te hacés cuando el cambio se aparece por tu vida?

Cuando algún cambio estresante ocurre en mi vida mi primera reacción es mirar al cielo y sacudir mi puño gritando, “¿POR QUÉ?"

Tres respuestas posibles: el mundo está mal, yo estoy mal, o la culpa es compartida entre el mundo y yo. Al menos, puedo trabajar en la parte que me corresponde a mí (que el mundo se arregle sólo… ya lo traté de cambiar y no me resultó).

La siguiente pregunta que se me aparece es: “¿PARA QUÉ?” Esto ya marca un cambio de perspectiva, un movimiento del pasado hacia el futuro. Ahora puedo elegir conscientemente una dirección para este cambio que está ocurriendo.

Pero no es suficiente. Aunque tengo la dirección para el cambio, no tengo los medios para embarcarme en ese camino. Estoy atrapada en mis viejos hábitos y una vez que la tormenta del cambio (ese momento paradójicamente maravilloso cuando el verdadero cambio es posible porque todos mis puntos de referencia quedan patas para arriba por un rato) pasa, vuelvo a todos mis viejos patrones, consciente e inconscientemente buscando mis viejos asideros para re-instalar mis viejas rutinas.

¿CÓMO?” Ese pasa a ser mi nuevo grito de batalla. El cómo es la clave de todo, el cómo es la llave del poder.

Tomemos como ejemplo tu computadora.

Seguramente tengas alguna idea de por qué fue inventada; y seguro sabés para qué la usas.

Pero, si se rompe, ¿sabés cómo arreglarla para que continúe cumpliendo su por qué y su para qué?

Reconozco que yo sé casi nada sobre cómo funcionan la mayoría de las cosas que tengo. Confío que si alguna se rompe voy a tener un experto confiable a una llamada de distancia que me arreglará el problema. Incluso a veces es más fácil tirar el aparato roto y conseguirme uno nuevo que funcione.

Pero si se te rompen tus cuerpos (mental, físico, emocional) no pueden reemplazarse con uno nuevo. Tus cuerpos fueron diseñados originalmente para que se hagan auto-mantenimientos y duren un buen rato si los usás según el diseño (hay que leer el manual de uso). Incluso cuando no los usas según el diseño, tus cuerpos igual se las ingenian para que llegues al final del día de la mejor manera posible, hasta que finalmente dicen basta y hacen caput.

En otras palabras, es importante que tengas un mínimo de conocimiento sobre cómo funciona tu cuerpo, cómo fue diseñado y por ende dónde es que lo estás forzando más allá de sus capacidades de auto-regulación. Es también muy importante que te vuelvas más sensible a las señales que tu cuerpo de manda para que sepas cómo ayudarlo a auto-regularse en vez de entorpecerle el funcionamiento.

Tu cuerpo es un universo vasto y variado, imposible de aprehender en su totalidad por una sola persona. Entonces ¿en qué pequeña área de ese universo podés enfocarte que te dará los mayores beneficios para tu totalidad?

Dos áreas interrelacionadas (que en los hechos son sólo una) son las más importantes en lo que se refiere a ayudarte a ti mismo: la postura y la propiocepción.

Si tu postura sigue los lineamientos estructurales de tu diseño, todo lo que está contenido dentro de tu cuerpo estará ocupando su correcto espacio y funcionando con mayor facilidad. Si tu postura va a contrapelo del diseño de mamá-natura, bueno, todo lo que está adentro del cuerpo estará estirado o comprimido.

Por ejemplo, pensá en tu casa. Si su estructura está un poco torcida, con paredes en ángulo, techo caído, y pisos cual penillanura-suavemente-ondulada, tus muebles y electrodomésticos van a vérselas difícil para mantenerse en posición y funcionar correctamente. Necesitarías atar tu heladera a la pared (o pegarla con poxipol) para que no se vaya deslizando hacia el living.

Entonces ¿cómo se cambia la postura?

Necesitás trabajar en afinar tu propiocepción. Cuanto más puedas sentir dónde están en el espacio y en relación entre sí las diferentes partes de tu cuerpo, tanto más vas a poder disponerlas en una alineación armoniosa. Si no podés sentir que estás deformándote, si las señales de tensión, deformación, y tirantez no se registran en tu conciencia (¡o peor! ¡se sienten bien!), vas a tener pocas chances de hacer algo con el relajo que esas tensiones están creando en tu cuerpo y tu vida. Podrás quizás sentir sus efectos (altos niveles de stress, ansiedad, depresión, mala postura, dolores de espalda y cuello, etc.) pero no podrás hacer mucho por cambiarlos.

El cambio requiere de reconocimiento de aquello que necesita ser cambiado.

¿Querés cambiar tu postura?

Si tu respuesta es sí, te dejo unos breves recordatorios de lo que el cambio requiere:

1.      Conciencia/Reconocimiento de lo que necesita ser cambiado.
2.    Conocimiento de cómo es que funciona lo que necesita cambiarse (esto te puede dar una pista de por qué hasta ahora no lo has arreglar).
3.    Alguna idea del punto clave alrededor del cual gira el cambio.
4.    Referencias externas que te permitan medir tu proceso (¡espejos!).
5.     Un profesor o guía y un grupo de práctica (estos te proveen de conocimiento, feedback, motivación, y una sensación de pertenencia)
6.    Un plan detallado sobre cómo lidiar con obstáculos específicos, de forma que estés preparado cuando los gremlins de la tentación te susurren al oído.
7.     La disposición para experimentar, equivocarte y aprender (¡mandá el perfeccionismo al diablo! Si total no tenés ni idea cómo se ve ni se siente lo “perfecto”).
8.    Un deseo profundo de cambiar (esto signfica que sos consciente de los efectos insidiosos que tiene en tu vida esto-que-querés-cambiar… y no tu mamá, tu pareja o tu médico)
9.    La capacidad de recordar (la necesitamos para muchas partes del proceso… empezando por recordar por qué  te metiste en esto de querer cambiar).

¿Seguís con ganas de cambiar tu postura?

Si tu respuesta sigue siendo sí, y vas a estar en Montevideo (Uruguay) en Febrero entonces te cuento...

Voy a estar haciendo una series de talleres sobre Postura para grupos muy reducidos (sólo tú y una o dos amigas tuyas… para que sea entre casa la cosa y estemos todas más relajadas).

Si te interesa, ingresá tu nombre y email en el formulario que aparece encabezando la columna derecha del blog. Voy a estar mandando la información la semana que viene. ¡No te lo pierdas que son poquitos lugares!

Abrazo

Victoria
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Image credits:
"Confusion Meter" by Stuart Miles /freedigitalphotos.net
"But nature played this trick on me" AtribuciónNo comercialCompartir bajo la misma licencia Algunos derechos reservados por rachel a. k.



viernes, 10 de enero de 2014

On 12:53 by Victoria Stanham   2 comments
¿Te hiciste una lista de resoluciones u objetivos para el 2014?

Yo sí. Una larga lista. Los escribí prolijamente en mi diario. Durante la segunda mitad de diciembre del año pasado me las pasé agregando nuevos mini objetivos a mi lista, a medida que se me iba acordando de todo lo que quiero lograr en el 2014.

·         Dejar de tomar Coca Light
·         Meditar cada mañana y noche
·         Hacer yoga cada mañana
·         Bloguear con mayor asiduidad

Y la lista seguía y seguía…

Hoy es 10 de enero. ¿Cuántas de tus resoluciones u objetivos siguen en pie?

Lamento informar que de los míos sólo uno se mantiene a flote, y esto se debe a que es para el único que tenía un plan accionable y detallado para seguir diariamente Y ADEMÁS me motiva mucho: puedo ver su valor.
¿El resto? Bueno, se hundieron como el Titanic cuando se chocaron con el primer iceberg motivacional.

¿Qué tan familiar te resulta esta situación?

Para mí es un tema de cada año. Una parte mía incluso se estuvo riendo socarronamente mientras escribía mis objetivos en diciembre. Me decía, “Acá vamos devuelta como cada año. ¿Cuánto te va a durar esto Vicky? Le doy un día. Como máximo.” La otra parte mía se mantenía firme en su planificación y listado de altos ideales (a esa parte le encantan las listas), ignorando los comentarios sarcásticos de la voz dentro suyo. “Este año estoy realmente motivada,” pensaba, “y realmente veo el valor de instalar estos hábitos en mi vida.”

Pero ¿tenía yo un plan específico para lidiar con los icebergs motivacionales?

Te explico lo que son estos icebergs motivacionales. La parte tuya que hace la lista de objetivos y metas y se entusiasma toda con los beneficios que logrará al conquistarlos NO ES la parte tuya que va a estar haciendo el trabajo en última instancia. (Escribí ya sobre este problema de personalidades múltiples en otro post.) La parte planificadora NO es la parte ejecutante; y la mayor parte del tiempo a la parte ejecutante NO le entusiasman los planes de la parte planificadora.

¿Por qué es que a la parte ejecutante no le divierten los planes de la parte planificadora?

Porque la parte planificadora por lo general no deja instrucciones precisas y concretas sobre cómo seguir ejecutando el plan cuando aparecen los icebergs motivacionales. Cuando todo está lindo y soleado, a la parte ejecutante le gustan (o al menos no le molestan) los planes de la parte planificadora. Pero, pronto, aparecen los obstáculos: estás cansada, con sueño o hambre o aburrimiento, tu motivación anda bajísima, no tenés ganas de hacer nada, etc. Estos obstáculos imprevistos podrían haber sido fácilmente previstos (después de todo son bastante obvios) y se podría haber planificado cómo sortearlos.

¿Qué hacer entonces?

Primero, reducí el número de objetivos que te propusiste. Enfocarte en UN objetivo, UN hábito a instalar, será más fácil de manejar y planificar. Esto también mantendrá tu energía enfocada en un objetivo en vez de dispersa en demasiados, con la consecuencia de que acabás no llevando a cabo ninguno.

Segundo, planificá cómo vas a manejar los icebergs motivacionales relativos a tu objetivo. ¿Qué cosas son las que son propensas a descarrilarte? ¿Qué necesitás preparar y planificar con antelación para ayudarte a sobrellevarlas?

Una de las mejores maneras de hacer esto es manipulando tus condiciones externas para que te estimulen hacia tu objetivo, en vez de complicarte la ejecución. Por ejemplo, si yo me hubiese tomado en serio el objetivo de hacer yoga cada mañana, tendría que haber dejado mi yoga mat lista en el living la noche anterior, con el espacio preparado, mi compu con mi video de yoga favorito listo para poner play, mi ropa de gimnasia prolijamente dispuesta certa de mi cama de tal forma que sea la primera cosa que veo al despertarme, mi despertador puesto para sonar a la hora correspondiente, etc.

Así que pensá, ¿cómo podés manipular tus condiciones externas para que te ayuden a mantenerte enfocada en tu objetivo?

Tercero, encontrá cómplices, o sea, un grupo. Esto es importantísimo para poder sortear los icebergs motivacionales. Puede ser tan sólo una persona con quien compartís el proceso, no es necesario involucrar a todos tus amigos y toda la familia (aunque cuantos más te apoyen y compartan tu camino, mejor, claro está).

Cuarto, adquirí el conocimiento necesario, o sea, encontrá un profesor. Puede ser realmente frustrante el tratar de cambiar algo o hacer algo nuevo si no tenés el conocimiento necesario para realmente progresar en tu camino. ¡Podrías incluso estar trabajando con información equivocada para tu objetivo en particular! Por ejemplo, si yo tuviese una hernia lumbar o estenosis de columna, o alguna otra patología de la columna vertebral, realmente necesitaría conseguir un muy buen profesor de yoga que supiese del tema antes de largarme a hacer las poses (y claro, ¡antes debería consultar a un médico!). Mi profesor puede entonces diseñarme un programa de posturas que se ajuste a mis objetivos y condiciones particulares. Mejor aún, puedo retornar regularmente a clases con ella para medir mi progreso, recibir nuevo conocimiento, y corregir cualquier desviación o mal hábito que haya adquirido al practicar sola.

¿Es corregir tu postura uno de tus objetivos para el 2014?

¿Te gustaría que lo fuese?

Si tu respuesta es sí, y estarás en Montevideo (Uruguay) en Febrero, te dejo la siguiente invitación.

Voy a estar haciendo una serie de talleres de 3 horas sobre Postura, Propiocepción y Respiración para grupos muy reducidos (sólo tú y una/o o dos e tus amigas/os).

Si te interesa, ingresá tu nombre y tu dirección de email en el formulario que aparece en la esquina superior derecha de este blog, y recibirás toda la información relevante en las próximas semanas.

Nos vemos la próxima semana.

Abrazo.

Victoria

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Image credit: "Titanic Ship Sinking At Night" by Victor Habbick /freedigitalphotos.net