viernes, 30 de mayo de 2014

On 11:19 by Victoria Stanham in ,    No comments

Cambiá tu perspectiva y tus expectativas.

Tomate un minuto para evaluar sobre qué está basada tu relación con el ejercicio físico.

¿Por qué estás en esta relación? ¿Por tu peso? ¿Por los beneficios a largo plazo para tu salud? ¿Porque tenés que hacer ejercicio (todo el mundo lo hace)? ¿Porque tu doctor (o tu madre) te dice que deberías hacerlo? Tirá todas esas razones a la basura.

Como con todas las relaciones, la clave al amor verdadero (llegar a ese punto en el que “extrañás” al otro cuando no está), es disfrutar de pasar tiempo juntos. Neceistás aprender a disfrutar del movimiento por el movimiento mismo, por el puro gozo de sentir a tu cuerpo moverse.

Dejá de pensar en lo que el ejercicio puede hacer por ti a largo plazo: ¿Qué es lo que YA hace por ti hoy?
¿Te sentís más feliz después de mover tu cuerpo? ¿Más libre y flexible? ¿Más poderosa? ¿Te aclara la cabeza y te limpia de preocupaciones por un rato? ¿Es el mundo un mejor lugar después de pasar un tiempo moviendo tu cuerpo?

Si te enfocás solo en los beneficios a largo-plazo, y no podés ver lo que el ejercicio ya está haciendo por ti hoy, vas a quitarle todo el gusto y gozo a tu relación. Empezá a vivir tu relación en el presente. Replanteate por qué te gusta moverte, y dejá por un rato los beneficios que ello te trae (los beneficios vienen solos si te movés… tu relación es con el movimiento y no con los beneficios).

Dejá de pensar tanto sobre lo que el ejercicio físico debería brindarte a ti: ¿Qué le podés dar tú a tu cuerpo en movimiento?
Al igual que con todas tu otras relaciones, lo mejor que podés darle al otro es tu atención completa. Aprendé a leer y distinguir las sutilezas de tono que se dan en tu cuerpo al moverse, sus cambios de inflexión. Disfrutá y maravillaste en el puro gozo y placer de sentir a tu cuerpo golpeando, sacudiendo, saltando y bailando al estrés fuera de tu mente, cuerpo y alma. Después, se pueden quedar los dos juntitos regocijándose en la gloriosa modorra del post-ejercicio.

5 formas de poner esto en práctica ya mismo
1. Hacé una lista de las razones por las que te GUSTA moverte. Leela seguido.
Es bueno recordarse cada tanto de qué se trata REALMENTE su relación, especialmente cuando la cosa se pone difícil.

2. Hacé una lista de las formas de movimiento que te encanta practicar.
Cuando la cosa se pone difícil (y no tenés ganas de moverte), tenés que tener una base sólida de amor por el movimiento para no abandonarlo por completo. No esperes enamorarte de tu rutina de ejercicio mañana si elegiste una que nunca te gustó para empezar. Buscate una actividad que te ENCANTA hacer.

3. Empezá a aprender las básicas del mapeo-corporal. Aplicá estos conocimientos durante el ejercicio.
Podés empezar por llevar la atención a tus pies, o tus axilas, o tu cuello, durante el movimiento. El punto es que empieces a conectar con tu cuerpo en movimiento, aprender a estar presente en el momento y en el movimiento. La fuente de la felicidad mana de aquí.

4. Empezá a buscar posibles lugares donde puedas ir para tus citas con el ejercicio.
Decidí si preferís en tus citas tener tiempo a solas con tu cuerpo (quizás caminar o correr por la playa o el parque… podés llevar al perro), o si te gusta ir a fiestas con amigos (una clase de danza, pilates, yoga, o entrenamiento funcional, un partido de tenis… tantas opciones).

5. Si tu relación está en graves problemas, si no hay puentes de comunicación posibles, pedí ayuda.
Un buen profesor o entrenador puede hacerte toda la diferencia si te encontrás que odiás pasar tiempo con tu cuerpo durante el ejercicio. Lo que necesitás es aprender su idioma. Sólo entonces van a poder comunicarse mutuamente y con claridad sus necesidades y placeres respectivos. Un profesor de Técnica Alexander puede ayudarte a recontactarte con lo que tu cuerpo está sintiendo, a comunicarle tus intenciones claramente, y a crecer juntos hacia su verdadero potencial.

Contame cómo te fue con esto en el espacio para comentarios.

Nos vemos la semana que viene.


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Si te interesa saber más sobre cómo recuperar tu relación con tu cuerpo en movimiento, te invito a chequear de qué se trata mi trabajo o contactame.

viernes, 23 de mayo de 2014

On 19:12 by Victoria Stanham in    No comments
photo by Anja Osenberg

Solía odiar hacer ejercicio físico. Odiarlo mismo. Cada ida al gimnasio o salida a correr me dejaba dura, dolorida, o me hacía sentir una piltrafa porque no podía ejecutar ni la mitad de los movimientos que se planteaban en clase, mientras que la persona al lado mío hacía toda la rutina sin ni siquiera empezar a sudar. El resultado fue que abandoné el gimnasio y le di la espalda a cualquier cosa o persona que me recordase a una clase de educación física.
Hoy en día, todo eso dio un giro de 180 grados. Ahora me encuentro yendo al gimnasio 4 veces por semana, donde con gusto corro, salto, hago sentadillas, abdominales, push-ups, pull-ups y todo tipo de ejercicios que antes aborrecía.
¿Qué produjo ese cambio en mí? Volverme bastante fluida en el lenguaje psicofísico.
Una de las claves para disfrutar una rutina de ejercicio es poder disfrutar con la ejecución de cada uno de los movimientos que son parte integral de ella.
Obvio que nadie “disfruta” de hacer 3 sets de 10 burpees (sentadilla-plancha-sentadilla-salto) al final de un entrenamiento de una hora. Pero contar con buena mecánica corporal puede significarte toda la diferencia entre odiar a tu entrenador o tomártelo todo como parte de lo que tiene que hacerse para completar la rutina de ese día.
Una buena mecánica-corporal es algo que la mayoría de las personas han ido perdiendo durante el transcurso de sus vidas. En algún punto se te colaron sin que te des cuenta ideas bizarras sobre cómo funciona tu cuerpo y dónde se unen las diferentes partes de tu cuerpo, con el efecto devastador de que te movés gastando muchísima más energía que la necesaria, y usando músculos que no fueron diseñados para ciertas tareas que les exigís. No es para sorprenderse entonces que termines un entrenamiento todo duro y exhausto. Lo peor es que las lesiones por desgaste están a un solo paso de distancia de un mal uso-corporal.
Cualquier entrenador que conoce su trabajo va a estar chequeando siempre que estés ejecutando los movimientos de la forma más eficiente; y si te agarra destartalado, te va a dar consignas para que corrijas la técnica. El problema es que esto no quiere decir que necesariamentetú puedas poner en acción las acertadas consignas de tu entrenador. Si tu percepción de dónde se localizan tus articulaciones en tu mapa-corporal está un poco (o muy) fuera de foco, vas a encontrarte con muchísima frustración tratando de corregir movimientos.
Una mala mecánica-corporal se vuelve más evidente una vez que empezás a fatigarte. Estás en la tercera ronda del circuito de funcional y de repente te das cuenta que tu hombro y brazo derecho no están respondiendo tan bien como tus izquierdos, haciendo que dependas demasiado y sobre-utilices el lado izquierdo. O quizás estás en el abdominal número 30 de la 4ta ronda y te das cuenta que tu previamente-simétrica elevación de torso se ha convertido en un asunto francamente torsido: estás rotando hacia arriba en vez de elevándote con hombros paralelos.
Esta asimetría, aparentemente trivial, no hubiese quedado tan en evidencia si no hubieses llevado tus recursos al límite. Quizás nunca te habías dado cuenta que favorecías más un lado que el otro, estabas hasta ahora feliz e inconscientemente compensando muscularmente tu torcedumbre. Resulta tentador pensar que lo único que necesitás hacer es “fortalecer” los músculos del lado más débil. Sin embargo, por más “lógico” que parezca este razonamiento, no la cosa no es tan así. La asimetría, o torsión, que se vuelve evidente cuando llevás tus recursos al límite, no es algo que aparece mágicamente en ese momento, es algo que estuvo desde siempre allí, es la forma que habitualmente activás tus patrones musculares para ese movimiento en particular.
Entonces, si fortalecer tu  lado debil no es la solución, ¿cuál es?
Tenés que descubrir si tenés un problema de fase 1, 2 o 3.
Los patrones de movimiento se aprenden e integran en 3 fases, siguiendo el protocolo neurológico estándar de formación de hábitos. Por lo tanto, corregir la mecánica-corporal, es en verdad un tema de re-entrenar tus hábitos.

FASE UNO = ENTRENAMIENTO DE LA PERCEPCIÓN
La primera etapa se trata de la volverte consciente y cognoscente.
Hay 4 cosas básicas que tenés que aprender a (re)conocer:
1) La mecánica de lo que querés hacer (ej. Qué es lo que requiere la ejecución de una sentadilla correcta);
2) Qué es lo que tú en los hechos estás haciendo (ej. Qué es lo que tú en verdad hacés con tu cuerpo cuando ejecutás una sentadilla)
3) En qué maneras difieren lo que tú querés hacer y lo que tú en verdad estás haciendo;
4) Lo que necesitás (re)aprender para acercarte a tu objetivo.
A veces es difícil poder ver todo esto por ti mismo (no podemos ver lo que no conocemos). Así que una buena idea es conseguirte un poco de ayuda externa. Personalmente, lo que yo hago es ir a un profesor de Técnica Alexander u otro especialista del movimiento que tenga un muy buen ojo para los patrones  de movimiento, y que me pueda decir qué estoy haciendo físicamente que se manifiesta en estas secuencias incorrectas de activación muscular. Tal profesor también me ayuda a darme cuenta qué ideas incorrectas tengo sobre mi propio cuerpo y su  mecánica, y también qué estado de ánimo es concomitante con este estado de situación.
La fase uno se centra en el acto de reconocimiento, en aprender a percibir aquello sobre lo que era ciego antes.  Es un mapeado-corporal básico, un reconocimiento de las secuencias de activación muscular habituales, un darse cuenta de las discrepancias entre mi percepción de la realidad y lo que realmente está ocurriendo.
Durante esta etapa estás estableciendo nuevos caminos neurológicos.

FASE DOS = ENTRENAMIENTO MENTAL
La segunda etapa es la aplicación consciente y dirigida.
Cada vez que te enfrentás a un estímulo para la acción (ej. “¡sentadillas!”) tenés que practicar NO reaccionar automáticamente haciendo la acción de la forma vieja (esto es mucho más difícil de lo que parece, creeme), y en vez hacerlo de la nueva manera.
La sengunda fase se trata de lograr ser capaz de desactivar conscientemente la secuencia que te generaba la mala ejecución del movimiento, y conscientemente elegir la nueva secuencia de activación, TODAS Y CADA UNA DE LA VECES que te enfrentás al estímulo para la acción. Esto requiere de ATENCIÓN & PENSAMIENTO, necesitás FOCO & PRECISIÓN.
Durante esta etapa estás fortaleciendo los nuevos caminos neurológicos que estableciste durante la etapa uno.

FASE TRES = ENTRENAMIENTO EN LA VIDA-REAL
La tercera estapa se trata de usar tus nuevos conocimientos en situaciones de la vida real y física.
La fase tres es el momento en el que probás tu recientemente integrado patrón de movimiento en la vida real, en situaciones en las que no podés pensar demasiado, situaciones que te piden velocidad y potencia. Es durante este tipo de entrenamiento que podés definir qué tan automática y natural se te ha vuelto la nueva respuesta.
Luego de un tiempo en esta etapa te vas a empezar a encontrar con aparentemente nuevas (pero en realidad muy Viejas) fallas en tu mecánica. Patrones que solían estar escondidos bajo las viejas compensaciones musculares vas a emerger a la superficie. Pero esta vez estarás preparado: no tratarás de lidiar con ella haciendo más repeticiones de lo mismo; ahora ya sabés que el truco está en volver a las bases.
Cuando llegaste a este punto, tu rutina de ejercicio físico ya no es sólo un placer, es también una ciencia. Ahora no sólo sos más fuerte, rápido, magro, en forma, y sano; también sos MAS INTELIGENTE.
Así que si estás trancado en tu progreso físico, si hacer ejercicio ya no te está resultando un placer, si te causa dolor, o si simplemente no lográs romper tus barreras… entonces quizás debas volver a FASE UNO, y construirte una base más firme para lograr manifestar todo tu potencial.
Esto es todo por hoy. Nos vemos la semana próxima.
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Si te interesa mejorar tu desempeño en el movimiento y disfrutar más del ejercicio físico, entonces chequeá de qué se trata mi trabajo o contactame por clases.

viernes, 16 de mayo de 2014

On 17:50 by Victoria Stanham   No comments
Necesité 3 cosas, y ninguna de ellas tiene algo que ver con ser una atleta (en los hechos soy más del tipo intelectualoide).

Estas 3 cosas (en orden secuencial … aunque se solapan) son:
1. Afinación y calibración de mi mapa-corporal
2. Re-aprendizaje de las secuencias de activación muscular.
3. Cambio de mentalidad.

Explico un poco cada punto.

1. Afinación y calibración de mi mapa-corporal
Antes de lograr este punto, mis instructores de gimnasia, entrenadores deportivos, profes de educación física, todos me daban un montón de indicaciones para corregir mi ejecución de los movimientos. Y yo trataba de hacer todo lo que me decían, pero sin demasiado éxito. Yo estaba convencida de que seguía las instrucciones al pie de la letra (sin duda las tenía todas presentes) pero parecía que mi cuerpo no daba acuso de recibo. Así que trataba más, me tensaba más, me esforzaba más… y acababa con todo dolorido y contracturado y con el mismo desempeño mediocre. ¡Con razón me frustré y mandé todo al cuerno!
Sin embargo, una vez que aprendí a “hablar lenguaje psicofísico” finalmente pude coordinar a mi cuerpo y mi mente para que ambas hiciesen lo que les pedía. Esto derivó en un mayor efectividad en mis movimientos, y mucha más eficiencia en mi consumo de energía.
 [Psssst…. Si querés empezar a armar tu mapa-corporal, fijate los ejercicios que aparecen en estos posts: axila, cuello, pies.]

2. Re-aprendizaje de las secuencias de activación muscular.
En otras palabras, necesité aprender a mantener la estabilidad de mi torso mientras mis miembros se mueven, de tal forma que mi movimiento refleje más a un chita que corre, con gran rango de movimiento articular, y un torso flexible pero estable y fuerte, en vez de un zombie que camina. Una vez más todo ese cuestión de eficiencia, usar los músculos correctos en las secuencias correctas, y para los propósitos correctos. Esto es imposible de lograr sin tener primero una noción básica del mapa-corporal. Y necesitás practicarlo y masterizarlo primero en movimientos de baja intensidad con gran precisión, antes de intentarlo en movimientos de potencia y velocidad.

3. Cambio de mentalidad.
Durante un entrenamiento de alta intensidad te cansás. Tu mente empieza a jugarte malas pasadas, diciéndole a tu cuerpo “te vas a morir si no parás ya”. En los hechos estás hecho de un material mucho más resistente de lo que te imaginás. Si conocés el lenguaje que se hablan cuerpo y mente podés re-orientar la conversación que están teniendo. El cuerpo puede resistir mucho más si la mente deja de pasarle chimentos, y en vez usa su energía para decirle al cuerpo cómo mantener la organización, cómo ser más eficiente, cómo hacer menos de lo innecesario para hacer más de lo necesario.
Amo los juegos mentales, los juegos de percepción, interactuar con los personajes internos. Así que, durante un entrenamiento de alta intensidad, me pongo diferentes personajes, juego al “hacerlo como si fuese…” que aprendí en mis épocas de teatro. Sos 3 en uno haciendo el ejercicio: tu cuerpo, tu mente y tu atención y dirección conscientes. Asegurate que tu consciencia esté manteniendo a tu mente y tu cuerpo en línea con tus objetivos recurriendo a la actitud y estado de ánimo apropiado para el momento. Jugá a ser alguien o algo diferente, como cuando eras niño, convertite en caballo, chita, guerrero, lo que sea que te ponga en el estado mental, corporal y emocional que querés, la actitud psicofísica  correcta. Es divertido. Y es efectivo.

Y a ti… ¿Qué cosas te han hecho enamorarte de tu entrenamiento físico? ¿Cómo mantenés tu organización psicofísica cuando las papas queman?
Contame. Soy curiosa.

Victoria


P.D. Si te interesaría probar los 3 pasos, contactame. Incluso si tenés dolores articulares (espalda, hombros, caderas, rodillas), igual podés construir tu camino hacia esto. 

viernes, 9 de mayo de 2014

On 9:23 by Victoria Stanham in ,    No comments
Sin embargo olvidé mencionar un dato importantísimo: cuando nos disponemos a aprender algo nuevo y totalmente ajeno a nosotros, necesitamos estar con una actitud abierta, de escucha con todo el cuerpo y la mente, sin pelearnos de antemano con lo que escuchamos. Quizás entendamos muy poco al principio, quizás algunas cosas que aprendamos sean tan diferentes a cómo las vivimos hasta ese momento que al principio las rechacemos instintivamente. Pero vale darse tiempo para escuchar, para aceptar que no entendemos todo, que algunas cosas se aclararán con el tiempo, y que puedo abrirme a la experiencia de a poco y hasta donde yo pueda manejar el nuevo estímulo.
Te cuento un ejemplo de mi semana pasada que ilustra esto bastante bien.
 El martes pasado fui a una clase de CrossFit. Confieso que estaba con miedo. Hace años que no hago ningún tipo de ejercicio físico que no incluya la palabra “consciencia” en su descripción. Pero me han recomendado construir masa muscular para lograr un mejor enraizamiento, resistencia y fuerza de carácter. Si aceptamos la idea de la unión psicofísica, esto tiene sentido: tengo una constitución un poco etérea, con una tendencia a “volarme” a planos de abstracción mental. Digamos que “hacer tierra” no me viene nada mal; y aunque hago Pilates 4 veces por semana y tengo muy buen tono muscular, la filosofía y actitud detrás del Pilates es precisión, cuidado y consciencia… y lo que a mí me recomendaron es un poco de sangre, sudor y lágrimas.

Así que allí estuve en el Box el martes a las 9am, muerta de nervios y semi-convencida que no iba a aguantar ni 20 minutos. Pero fui abierta a escuchar; dispuesta a cuidarme a mí misma ante todo, pero igualmente abierta a experimentar el sistema sin juzgarlo negativamente de antemano. El entrenamiento es de tipo “militar” y encarado y dirigido desde esa mentalidad. Para realmente entrar en la experiencia y sostener la demanda sobre cuerpo y mente, tenía que entrar en el espíritu de la cosa e ir a ese lugar mío que tiene algo de guerrera y que avala lo que estaba escrito (literalmente) en la pared: “no parás cuando te cansás, parás cuando terminás”.
¿Qué tiene que ver todo esto con lo que veníamos hablando la semana pasada sobre aprender propiocepción y lenguaje psicofísico?
Mucho. Te enumero lo más importante.
Para realmente aprender un nuevo lenguaje es necesario:
1) Interiorizarse también con la cultura de la que es parte: Sólo así podremos entender las sutilezas del lenguaje, y entrar en cuerpo y mente en el estado anímico que produce. El lenguaje que se hablan tu cuerpo y tu mente tiene su cultura también: está basado en la homeostasis, en el equilibrio dinámico entre fuerzas opuestas, entre estímulos y reacciones automáticas. Para realmente comprenderlo y llegar a hablarlo hay que entenderlo dentro de esta cultura.
2) Saber escuchar, ver, sentir a los “nativos”, o sea percibirlos en su totalidad: Sólo así podremos realmente entender la actitud psicofísica (de cuerpo, mente y alma) que se requiere para vivir la experiencia como un “nativo”. El lenguaje que se hablan tu cuerpo y tu mente tiene sus ritmos, su vocabulario, sus tiempos y cadencias, su entonación: está basado en ese juego de equilibrios y para percibirlo tenemos que abrirnos a percibir el juego de reajustes y entrar en esa actitud de escucha abierta.
3) Estar abierto a la experiencia, sin creer que porque sabemos otros lenguajes, o porque somos expertos en gramática y lingüística, lo sabemos todo sobre todos los lenguajes: Cada lenguaje tiene su sabiduría, que sólo se puede conocer y adquirir si nos permitimos vivir la experiencia plenamente, sin pre-conceptos de cómo “deberían” ser las cosas. Claro que saber de gramática y lingüística ayuda a aprender más rápido, a entender la estructura subyacente de la nueva lengua, pero no nos hace fluidos en el habla.
Por ejemplo en mi caso, gracias a mi estudio de la Técnica Alexander, mi estudio y entrenamiento en Pilates, y mi fascinación por la anatomía, los procesos mentales y la interacción cuerpo-cerebro (neurociencia) cuento con cierto conocimiento de la lingüística del lenguaje psicofísico. Sin embargo eso no me hace una experta en todas las disciplinas corporales; tengo una ventaja a la hora de aprender, pero igual tengo que estar dispuesta a aprender.
Esta es la actitud con la que deberías acercarte al descubrimiento del lenguaje que hablan tu cuerpo y tu mente: dispuesto a dejarte sorprender por lo que descubras, tratando de no dar por sabido lo que aún no has experimentado en todas sus facetas, dándote tiempo para descubrir las cosas, probarlas, vivirlas.
La seguimos la próxima.
Victoria

viernes, 2 de mayo de 2014

On 9:38 by Victoria Stanham in ,    2 comments
¿Sabías que tus dolores de espalda, tus contracturas y tu mala postura son producto de tu desconocimiento de un idioma clave que se habla alrededor tuyo sin parar y que sin embargo no lo percibís por no conocerlo?
¿Qué darías por aprender a entender y hablar esa lengua?
Doy clases de inglés hace muchos años. Por lo general los que más vienen a clases son adolescentes que están, o bien tratando de no perder el curso en el colegio, o tratando de pasar un examen internacional. Estos chicos vienen a clases individuales de una hora semanalmente, a veces 2 o 3 veces por semana. A algunos ni siquiera les gusta el inglés demasiado. Y sin embargo entienden (o sus padres les han hecho entender) que, en el mundo que vivimos hoy, es necesario saber inglés.
Lo interesante es que vivimos inmersos en otro lenguaje del cual la mayoría no sabe nada: el lenguaje que se hablan nuestro cuerpo y nuestra mente. No es un lenguaje verbal; es un lenguaje de estímulos neuronales y respuestas fisiológicas, y que percibimos a través de sensaciones físicas y estados emocionales. Sin embargo, como nunca nos han enseñado la gramática de este lenguaje, nuestras interpretaciones del mismo, y nuestra capacidad de intervenir en esa comunicación para lograr ciertos resultados, son limitadas, cuando no equivocadas.
No saber hablar esta lengua es mucho más limitante para nuestro bienestar que no saber hablar cualquier otro idioma. Y, sin embargo, pocos saben que existe, y menos aún se toman el trabajo de aprenderla. El resultado son graves problemas de salud física (hernias, contracturas crónicas, desgaste de las articulaciones, etc.) y emocional/mental (estrés incontrolado, ansiedad, pánico escénico, etc.), y la infelicidad de no lograr el desempeño físico y mental que deseamos.
Necesitás aprender a escuchar y entender lo que se dicen tu cuerpo y tu mente, porque es esta conversación la que está organizando tu forma física (postura). Tu postura (el resultado de esta conversación en ese idioma que no conocés) tiene efectos sobre tu salud física y emocional, y sobre cómo te perciben los otros, o sea, en tus relaciones y vida social. Poder intervenir en la conversación conscientemente, para redirigir su diálogo hacia el resultado que tú querés, tendría que ser una prioridad en nuestra educación, tal como es aceptado hoy en día que necesitamos saber inglés para mejorar nuestras chances laborales y sociales.
 Si aceptamos que para corregir tu postura y mejorar tu desempeño físico necesitás aprender una nueva lengua (llamémosla lengua psicofísica), es entendible que esto no puede hacerse en una sola clase. Sin embargo, no necesitás eternos años de clases para poderte comunicar en un nivel básico. Como con toda lengua, es posible reconocer ciertas palabras y frases claves, y aprender a comunicarte con ellas para lograr el mínimo indispensable de interacción.
Es por eso que me gustaría enseñarte algunas de estas palabras y frases para que puedas empezar a entrar en diálogo con tu cuerpo. Tu mente ya está dialogando con tu cuerpo, pero lo hace en un nivel inconsciente para ti. Vamos a tratar de hacer algunas de estas comunicaciones más conscientes, para que veas qué le está indicando tu mente a algunos de tus músculos y decidas si quizás sea conveniente cambiar el tono o el tema de esa conversación.
Empecemos por los pies. ¿Qué te están diciendo tus pies?

Tus pies son la base de apoyo de todo tu cuerpo cuando estás parada, y de tus piernas cuando estás sentada. Son una estructura con un montón de huesitos (26) y músculitos (38), articulaciones (40) y tendones (más de 100). Con todas esas estructuras tus pies pueden hablar el “lenguaje psicofísico” con un amplísimo vocabulario.  Si les damos todo el espacio necesario, pueden adaptarse a todo tipo de terrenos y ayudarte así a mantener tu equilibrio. Sin embargo, tendemos a tenerlos apretados, comprimidos e inmovilizados dentro de calzados que no les permiten comunicarte todo lo que tienen para informar sobre dónde estás parada. Por lo general, sólo escuchamos la comunicación de nuestros pies cuando se ponen a gritar que están doloridos.
En el blog anterior te conté sobre la importancia de crearte un espacio y tiempo de práctica. Hacer a consciencia un poquito de auto-observación todos los días es el equivalente a estudiar la gramática de este lenguaje psicofísico. Cuanto más consciente te volvés del lenguaje de sensaciones en el que hablan tu cuerpo y tu mente, más vas a poder percibirlo en tu vida diaria. Y cuando empieces a escuchar esas conversaciones y entenderlas, podrás unirte al diálogo y evitar así sólo enterarte de los temas cuando ya son un problema de salud.
Así que esta semana te invito a re-conectarte con tus pies. Te paso un par de ejercicios para irlos descubriendo. Conviene hacerlos descalza, así que aprovechá a practicarlos mientras te duchás.
1.     Tendemos a tener las plantas de los pies tensas y esto genera tensión en toda la musculatura posterior de las piernas. Para aflojar tus pies pensá en el espacio que hay entre los dedos e imaginate que corre agua tibia entre cada uno. Ahora bien, tus dedos de los pies son mucho más largos de lo que te imaginás. Aunque están cubiertas por piel, haciéndolos parecer una masa única, tus dedos nacen aproximadamente en la mitad de tu pie. Necesitan el espacio entre cada uno para moverse con libertad y poderse adaptar a las diferentes superficies y así equilibrarte.

2.     Cuando estás parada el peso de tu cuerpo debería repartirse equitativamente entre 3 puntos clave de tus pies: el talón, la base del dedo gordo y la base del dedo chico. Es como estar parada sobre un trípode, o un banco de tres patas. Fijate cuáles de esos puntos tendés a favorecer, y cuál pie tendés a favorecer en general. Jugá pasando el peso por esos tres puntos y notando el efecto que tiene sobre tu postura, la cantidad de tensión muscular que tenés que hacer en tus piernas y espalda baja para no caerte.

3.     Unamos ahora el ejercicio 1 y 2. Relajá las plantas de tus pies, recordando el espacio entre tus dedos, y sentí el apoyo disribuirse entre los 3 puntos clave: centro del talón, base del dedo gordo y base del dedo chico. Imaginate que en estos tres puntos tenés ventosas que se adhieren al suelo conectándote con la tierra. Mové los deditos abriéndolos y cerrándolos manteniendo suave la planta del pie y los 3 puntos clave apoyados.

Practicá estos ejercicios esta semana y contame luego qué descubriste sobre las conversaciones de tus pies.
Nos vemos la próxima con más lecciones de gramática y vocabulario del lenguaje psicofísico ;)
Victoria
P.D. La profesora de Técnica Alexander Angela Bradshaw acaba de publicar un excelente libro sobre cómo recuperar el equilibrio cuerpo-mente y liberar tensiones, con un montón de ejercicios e ideas fácilmente aplicables. El libro está en inglés y se llama "Be In Balance: A Simple Introduction to The Alexander Technique". Es la perfecta introducción a los conceptos de la Técnica Alexander para quienes les interese explorarla. Lo pueden conseguir por Amazon.com en este link.