sábado, 27 de abril de 2013

On 13:31 by Victoria Stanham   No comments

¿Te has preguntado alguna vez qué es aprender? ¿Te has preguntado alguna vez qué es lo que en verdad aprendemos, o enseñamos?

Ha sido mi experiencia, tanto como profesora como alumna, que muy a menudo lo que el profesor quiso enseñar con sus palabras no es lo que el alumno aprehendió e integró a su conocimiento experiencial.

¿Por qué pasa esto?

En un nivel podríamos decir que aprendemos a través del ejemplo y no a través de las palabras o instrucciones. Un profesor que practica lo que dice es más efectivo que aquel que solamente se llena la boca con sus teorías.

Sin embargo, me he encontrado que todo puede ir un nivel más allá que simplemente practicar lo que se dice. Todos conocemos personas que tratan de vivir los valores que promulgan, le ponen un montón de esfuerzo y ahínco al practicar lo que dicen… y todo lo que el resto de nosotros vemos es el esfuerzo y el ahínco. Estas personas a veces son hasta avasallantes con sus ideas e ideales, tratando de hacernos tragar y adoptar sus valores con la misma vehemencia que intentan ellos tragarlos.

Y hete aquí el problema. Cuando nos empujamos y forzamos a cambiar el comportamiento superficial que va en contra de creencias básicas subconscientes que tiran en la dirección contraria, de seguro que vamos a pasar un mal rato. ¿Quién no ha probado hacer una dieta sana pero estricta odiando cada minuto de ello?

Por otro lado, cuando nuestros ideales y valores se han integrado orgánica y sistemáticamente a nuestra constitución básica, son algo así como “invisibles”, no se los puede ver directamente; lo que vemos es su efecto, cómo el equilibrio.

Aprendemos un contexto generado por los principios y creencias que el profesor haya integrado a su vida, o en palabras de la TA, aprendemos el “uso” del profesor. Aprendemos una experiencia sensorial completa que se graba en  nuestros cuerpos, mentes y almas.

Por ejemplo, yo recuerdo poco de lo que se me enseñó a modo de contenido en algunas materias de liceo, pero sí recuerdo cuánto me gustaban algunos profesores, qué tan segura me sentía en su presencia aunque fuesen estrictos. Quizás es su constancia, justicia y responsabilidad lo que recuerdo. Con ellos aprendí sobre el respeto, aunque nunca hablasen directamente del respeto o la responsabilidad; simplemente vivían sus principios y yo los reconocí y tuve una experiencia de ellos.

Aquello que ejerce la influencia más fuerte durante una clase no es lo que el profesor dice creer, y ni siquiera lo que la técnica o método enseñado propone. El aspecto más influyente de una situación de aprendizaje es la concepción o creencia subyacente que el profesor sostenga de las capacidades del ser humano, de cómo el ser está organizado, coordinado e integrado; esto es lo que genera el contexto desde el que imparten su conocimiento.

Aprendemos del ejemplo; o sea, absorbemos los principios reales y vividos del profesor, no lo que que dice sino lo que hace/es. He notado que cuando estoy con un profesor “poderoso” mis capacidades (o discapacidades si resultan ser de los profesores “perniciosos”) se multiplican exponencialmente. Es como que lo que sea que vean en mi se es tan REAL para ellos que yo empiezo a creerlo también, a pesar de mi misma. Un profesor mantiene estable para nuestro beneficio esa concepción más amplia de nuestro potencial, y esto actúa como un imán que atrae nuestros límites desde nuestra auto-definición actual a esa definición más amplia. Es por esto que diferentes maestros nos ayudan a expandirnos en diferentes direcciones; todo depende de dónde han puesto ellos mismo el límite a sus concepciones de los posible y lo imposible.

Estamos aprendiendo todo el tiempo, porque estamos inmersos en contextos todo el tiempo. Todo es una experiencia de aprendizaje que refuerza nuestros patrones habituales o nos abre a nuevas posibilidades.

¿En qué se diferencia un profesor de la Técnica Alexander de otros profesores?

Un profesor de la Técnica Alexander ha sido entrenado para comunicar, a través del uso del tacto, una experiencia de sus concepciones. El alumno recibe una experiencia sensorial, corporal, kinestésica del nuevo paradigma, y esto cambia la definición de las palabras que hasta entonces usaba para describirlo. “Crecer”, “ir hacia arriba”, “expandirse”, “ocupar todo mi espacio” y muchos otros conceptos adquieren todo un nuevo nivel de significado y profundidad.

Y lo que experimentamos con todo nuestro ser se integra, y podemos decir que los SABEMOS, ya no podemos hacernos los ciegos a nuestro potencial.

lunes, 22 de abril de 2013

On 20:42 by Victoria Stanham in ,    No comments
Todas nuestras elecciones tienen un costo de oportunidad; eso lo aprendí en un curso de emprendedurismo hace mucho tiempo, pero su verdadero significado no me fue develado hasta hace poco.


Nada en este Universo es gratis, pagamos el precio todas y cada una de las veces.  Esta también me la dijeron muchas veces, muchas fuentes diferentes (Pathwork, mis padres, enseñanzas espirituales, el Sanatama Dharma y las Leyes de Manu) pero lo que nunca nadie me explicó es que el precio no es necesariamente el que aparece en la etiqueta, o el que la otra persona dice que es... o lo que yo me digo a mi misma que es.

¿Cuál es el verdadero precio de un proceso de cambio?

Cuando comencé a tomar clases de Técnica Alexander hace mucho tiempo, nadie me dijo cuál era el verdadero precio a pagar. Claro que me dieron el costo nominal, el que aparece con un número y una moneda, pero este es solo el nivel superficial del intercambio energético: Yo le doy al profesor x cantidad de dinero y él/ella me da una clase de 45 minutos enfocada a ayudarme a restaurar mi coordinación psicofísica. Las clases eran geniales y disfrutaba enormemente la sensación de liviandad y libertad que me brindaban por un tiempo luego de cada sesión.

Pero una y otra vez me encontraba que si dejaba de tomar clases y "olvidaba" parar, inhibir y dirigir, mis viejos hábitos se colaban por las rendijas de mi olvido y pronto estaba tan encorvada como antes. Así que volvía a tomar clases, un poco angustiada, y recibía otro empujón hacia el cambio. El proceso se repitió varias veces. Mi coordinación y postura mejoraron pero  no creo que yo llegué a comprender en esa época lo que realmente se me estaba pidiendo en un nivel más profundo; yo estaba esquivando reconocer y hacerme cargo del verdadero costo del proceso, por lo que estaba recibiendo tan solo en el nivel en el que estaba dando: superficialmente.

Fue durante mi entrenamiento para profesora de la Técnica que el verdadero significado de lo que estaba en juego se me aclaró: tenía que abrirme al cambio en niveles más profundos, una forma completamente nueva de ver al mundo nacería entonces de las cenizas del paradigma anterior.

Lo más importante que la Técnica me ha enseñado jamás, es mostrarme en una forma verdaderamente sensorial y experimental que para realmente darle la bienvenida a lo nuevo tengo que abandonar completamente lo viejo. El precio de cualquier proceso de verdadera transformación es la piel vieja, debe ser cambiada por completo.

En este proceso pasamos mucho tiempo en los estados intermedios: sacándonos la piel vieja sin desecharla completamente, mientras asoleamos la nueva piel de a ratitos. Eventualmente la nueva piel se curte lo suficiente para no estar tan sensible, y puede soportar los vientos, el sol y la lluvia con facilidad. Es entonces que puedo disfrutarla, y lo hago durante todo el tiempo que se siente bien; sabiendo que eventualmente esta piel también se volverá tiesa y limitante, y tendrá que ser desechada a su debido tiempo.

sábado, 13 de abril de 2013

On 21:04 by Victoria Stanham in    No comments

En el blog de la semana pasada escribí sobre conscientemente elegir usar mi patrón habitual de respuesta psicofísica cuando, por alguna razón, no me sentí lista para cambiar; y cómo eso, en sí mismo, comenzó el proceso de cambio de todas formas. Es el simple acto de tomar una decisión consciente, de despertarme y asumir responsabilidad por mis acciones, que me ha zarpado nuevamente en el viaje a territorios desconocidos.

¿Qué pasa luego de ese primer acto de auto-consciencia?

La poeta y facilitadora Pathwork Kim Rosen, a quien tuve el privilegio de conocer en un taller de Pathwork hace ya muchos años, lo expresa hermosamente en su poema “En una oscuridad imposible”

¿Sabes cómo
la oruga
se transforma?

¿Te acuerdas
qué ocurre
en el capullo?

Te licúas.

Allí en el espeso negro
del vientre que te has tejido,
vacía como la luna antes del creciente,
te disuelves

(como lo hizo Cristo
por tres días
en la tumba)

concibiendo
en una oscuridad imposible
la absoluta
inevitabilidad
de la alas.

La semana pasada me encontré nuevamente parada en el umbral del cambio, enfrentada a la elección de responder habitualmente una vez más o dar un paso hacia lo desconocido. La cuestión con finalmente hacerte responsable por de tus acciones y aceptar que tu situación es, cómo mínimo absoluto, 50% de tu propia creación, es que ya no puedes hacerte el ciego. Cada vez que elijo usar mi respuesta habitual ahora sé que estoy reforzando un sistema que ya no me sirve, que me está haciendo daño. Un profesor de TA, John S. Hunter, cuenta en su blog cómo, según Erika Whittaker, cuando uno de sus alumnos se quejaba de algo que le estaba ocurriendo en su vida, la respuesta de F.M. Alexander era siempre:
“¡Pero si sos tú! Sos tú que los estás haciendo.”

Así que hice una nueva elección, decidí inhibir mi respuesta habitual, di el salto al vacío.

Verás, algunos cambios/elecciones son pequeños, causan sólo un desplazamiento menor en el sistema establecido, por lo que el sistema completo puede rápidamente adaptarse e integrar la nueva información. Algunos otros cambios/decisiones son enormes. Yo llego a ellos transitando un largo camino empedrado de pequeños cambios que me han preparado para el salto. Y el salto es inevitable; es un salto al vacío, un acto de fe. Estas elecciones cambian radicalmente mi comprensión de la vida, de quién soy en relación al sistema en cuestión. Es una metamorfosis completa si tengo el coraje de mantener la inhibición de la vieja respuesta a lo largo de todo el proceso.

Es un proceso que me asusta. La referencias pasadas ya no sirven, un sistema entero de creencias y una forma completa de ser en este mundo se hace añicos atrás mío, a medida que doy ese paso más allá del punto sin retorno. El miedo me apuñala el corazón y la mente mientras ansío desesperadamente que mi bote deje de moverse para poder orientarme. Me encantaría poder decir que soy una surfista profesional de las olas del cambio, siempre como en casa y a gusto sin importar las circunstancias. Pero esa no soy yo, al menos no por ahora. Aún tengo un ego que necesita definirse, establecer un límite a esta inmensidad que es el ser verdadero.

Este espacio tan inmenso y abierto me asusta, y me hace dudar. Y la inercia del sistema resiente mi cambio y amenaza con arrastrarme hacia mi viejo lugar. Tiene mucha fuerza, engendrada por años de alimentarla en una misma dirección.

Entonces, ¿cómo es que uno se aferra al coraje para mantener la inhibición de la vieja respuesta en medio de tanta incertidumbre?

Dos cosas me dan fe.

Primeramente, aunque es cierta que hoy no sé ya quién soy, sé que no quiero ser más lo que era antes. Elegí cambiar porque mis decisiones pasadas se han vuelta demasiado limitantes para este ser en expansión constante. Estoy lista para algo diferente.

Y entonces, en medio de mi angustia de ahogado, una pequeña vos en mi interior dice “Ya has estado aquí antes”. Por un momento dejo de agitarme en mis emociones y le permito al aluvión de recuerdos de experiencias pasadas de muertes y resurrecciones de mi auto-definición emerger desde lo más hondo de mi ser hasta llegar a mi consciencia. Y lloro y sonrío recordando lo asustada que estuve cada vez que di el salto al vacío antes, pensando que no sobreviviría, que nunca sabría cómo vivir desde este nuevo lugar. Y sin embargo, aquí estoy, mirando con cariño hacia atrás y viendo el camino recorrido, una persona cambiada que sigo cambiando.

Entonces lo desconocido ya no me asusta tanto, esta oruga se rinde a la absoluta inevitabilidad de sus alas.

¿Nos rencontramos del otro lado?

martes, 9 de abril de 2013

On 17:24 by Victoria Stanham in    No comments

Hace nos días estaba leyendo uno de mis diarios y me encontré con la siguiente cita de Ivan M. Granger del sitio web poetry-chaikhana.

Pure, compassionate,
and devastating honesty
with yourself
is the only way.

(Traducción: Una honestidad pura, compasiva y devastadora contigo mismo es el único camino.)

En esas pocas pero profundas palabras resumo mi encare de la Técnica Alexander y, por qué no, de la Vida.

La mayoría del tiempo no me tomo el tiempo para reconocer por qué quiero lo que quiero. Lo que es más frustrante es reconocer que tengo varias capas de deseos, que a veces están en conflicto directo unos con otros. ¡No es de sorprenderse que mi coordinación esté en ruinas! Estoy tratando de alcanzar simultáneamente varias metas que se oponen entre sí. En mi práctica de la TA, así como en mi vida en general, he descubierto que la auto-honestidad con respecto a mis deseos me libera tremendamente a la hora de elegir qué objetivo honrar, y en mi elección de los mejores medios-por-los-cuales alcanzar dicho objetivo.

Esto se me hizo evidente en el último taller de TA en el que participé.

En cierto punto del taller me encontré en un estado de completa descoordinación; mis emociones, pensamientos y cuerpo estaban descontrolados y yo estaba empezando a sentir gran frustración conmigo misma, con el taller, con los otros participantes. Así que recordé parar y re-evaluar la situación. Necesitaba poner mis prioridades en orden.

Me di cuenta que me estaba imponiendo un montón de “deberías”: debería poder realizar este procedimiento con buena coordinación, debería ser buena y agradable con los que me rodean, debería estar disfrutando, debería, debería, debería… la lista era larga. Lo gracioso de las expectativas es que generalmente no tienen ninguna base en la realidad tal cual la estamos experimentando en el momento. My verdadera verdad en ese momento era que no era capaz de cumplir con todos esos “deberías”, sin importar cuánto me empujase y tironease en sus respectivas direcciones. Un deseo más profundo estaba trancando todos esos deseos superficiales.
Sabía, en base a experiencias anteriores que en los hechos, si quería, era capaz de estar en un estado diferente de coordinación psicofísica; hasta sabía cómo llegar a ella si lo quisiese realmente, a qué cosas debía decirle que no, y qué lugares tenía que soltar. Pero el hecho era que ¡no quería hacerlo! Reconocer esto fue el primer paso hacia la liberación de mi tormento auto-infligido. Luego vino el paso próximo paso de consciencia: conscientemente ELEGIR usar mi patrón de respuesta habitual.

Elegir conscientemente un patron habitual, cuyas consecuencias ya conozco, significa reconocer mi responsabilidad por esas consecuencias, y por tanto no quejarme luego que no conseguí un resultado diferente. Alexander ya lo dijo claramente, que no podemos pretender lograr resultados diferentes si seguimos usando los mismos medios. No es cuestión de intentar con más tenacidad en la misma dirección, sino de intentar algo diferente.

Lo que quizás merece agregar es que antes de intentar lo que sea debemos aclararnos sobre qué es lo que realmente queremos. Para mi, en ese momento del taller, significó reconocer que no quería cambiar, no ya, no ahí; simplemente no me sentía en las circunstancias dadas, lo suficientemente segura como para dar el salto al vacío.

Y sin embargo, hacer una elección consciente es realmente liberador.
¡Ya no era víctima de la situación, era su creadora! Cada consecuencia que podía anticipar resultaría de mi elección yo aceptaba completamente, porque la había elegido.

¡La mejor parte es que en efecto cambié igual! Al aceptar completa responsabilidad por mi elección estaba haciendo algo diferente y no mi respuesta habitual. Había dado un paso hacia lo desconocido.


miércoles, 3 de abril de 2013

On 21:34 by Victoria Stanham in    No comments
Cuando me preguntan "¿qué es la Técnica Alexander?" y doy mi respuesta del momento, generalmente el comentario que la sigue es "¡Ah! Es un trabajo sobre la postura".

Por mucho tiempo este comentario me generó resquemor. Por lo general en la Técnica Alexander se evita hablar de "postura" correcta/buena o incorrecta/mala, ya que se está priorizando la concepción de un equilibrio dinámico de la estructura (poise) por sobre la idea de una supuesta posición fija o postura ideal. 

Aunque sigo adhiriendo mi apoyo a esta idea general, hoy me amigué con la palabra postura.

Ocurrió en el correr de la mañana mientras charlábamos con colegas sobre la Técnica. La conversación había derivado al tema de las "posturas" que adoptamos (física, mental y emocionalmente) cuando tratamos de adaptarnos a una forma que no es la habitual o cómoda para nosotros; entramos "en pose" para agradar a alguien, encajar en un grupo, o defendernos en situaciones en las que no nos sentimos seguros. La charla siguió por caminos muy interesantes que nos llevaron a hablar del contacto con uno mismo, con el otro y con el ambiente, cómo establecerlo y cómo retirarse de él. 

Pero esto último será tema para otro post. Hoy, estoy con la postura.

Me quedé pensando que hay 2 niveles de lo que llamamos "postura": por un lado está nuestra "postura habitual", ese habitus corporal que es producto de nuestra historia, y por otro lado están nuestras "imposturas", esas poses en las que entramos que no tienen nada que ver con la persona que en verdad creemos ser.

Las imposturas son impuestas. Cuando nos sentimos observados o juzgados (por otros o por nosotros mismos) entramos en impostura: tratamos de forzar una organización sobre nuestro sistema que nos va contra-natura. Ejemplos clásicos son "pararse derecho" cuando nos descubrimos encorvados, o ponernos a dieta forzada cuando nos descubrimos con más kilos de los que nos gustan. Estas imposturas son impuestas sobre nuestra postura habitual, e indefectiblemente fracasan a la larga o a la corta... ya que la postura básica sigue estando debajo.

Nuestra postura (buena, mala, correcta, incorrecta o como queramos juzgarla... en los hechos a ella no le importa) es el registro visible de nuestra historia. En los hechos no es ni buena ni mala, ni correcta ni incorrecta; es lo que es, y no podría ser de otra forma ya que es la consecuencia de decisiones tomadas en el pasado y repetidas hasta hoy. Nuestra postura es el estado de equilibrio al que hemos llegado, es el registro de nuestros hábitos, y estos últimos son los recursos que tenemos para funcionar. Los hábitos no son malos tampoco; son recursos que nos han permitido sobrevivir hasta hoy. Quizás estén un poco desactualizados, ya que se formaron en respuesta a estímulos que hoy ya no son parte de nuestra realidad. ¡Pero por favor no les den más palo! Merecen nuestro respeto y agradecimiento por habernos salvado en su momento, una reverencia, y una buena jubilación para que puedan darle paso a nuevos recursos más actualizados y ajustados a nuestra verdad presente.

Entonces, ¿trabaja la Técnica Alexander sobre la postura? 

Mi respuesta es un resonante SÍ, y sobre la impostura también. 

La Técnica Alexander primeramente nos ayuda a comprender que las imposturas no son la solución a ningún problema, y que en los hechos si se perpetúan nos generarán más problemas que los que dicen solucionar.

Luego que abandonamos la idea de las imposturas (ya no buscamos la pastillita mágica que solucionará todos mis dolores, ni la postura ideal para el trabajo en la computadora), la Técnica Alexander nos ayuda a reconocer y hacer consciente todos esos hábitos de uso de nosotros mismos que nos han dado nuestra postura (forma) presente. Al hacerlos conscientes podemos hacer un chequeo con el presente y determinar si necesitan un update, y actualizarlos acorde al requerimiento presente.

En última instancia la Técnica Alexander nos brinda la posibilidad de vivir libres de toda postura, porque logramos el control sobre nuestra propia forma.  Al decidir momento a momento cómo queremos responder a los estímulos que nos llegan, somos libres de crear nuestra propia forma, de jugar con nuestra propia imagen, según lo requieran las circunstancias presentes.

lunes, 1 de abril de 2013

On 20:36 by Victoria Stanham   No comments
¿Cómo se marca una corrección sin poner al alumno en situación de alerta? ¿Cómo se recibe una corrección sin entrar en situación de alerta?

Quizás el problema es el término "corrección"; a mí al menos me sabe a "juicio". Aunque el profesor no tenga un juicio en mente, y lo que haya aportado es una sugerencia o una observación con la mejor intención de ayudarnos, nuestros años de crianza y educación nos han generado un severo juez interno que se toma la libertad de hacernos sentir en falta ante cada comentario. Cuando nos sentimos en falta automáticamente nos defendemos. Y cuando nos defendemos nos tensamos y con esto se va por la borda toda la apertura para el aprendizaje; en ese momento tratamos de "corregir la falta" para "hacerlo bien".

Entonces me vuelvo a preguntar: ¿Cómo se marca una corrección sin poner al alumno en situación de alerta? ¿Cómo se recibe una corrección sin entrar en situación de alerta?

La pregunta me surgió hoy mientras tomaba una clase de pilates. Oí que alguien le comentaba a mi profesora que yo estaba tensando el cuello al realizar los ejercicios. ¡Mi ego que se define y jacta de "profesora de Técnica Alexander" no pudo tolerarlo! Automáticamente todos mis mecanismos entraron en alerta y me pasé el resto de la clase tratando de "soltar el cuello", a ver si el próximo comentario era más "positivo". En definitiva, perdí el gozo y en los hechos nunca supe si finalmente lo había "hecho bien". 

Al terminar la clase y de camino a dar una clase yo (o sea cambiar de roles de alumno a profesor) me surgió esta pregunta que hoy me inquieta: ¿Cómo se marca una corrección sin poner al alumno en situación de alerta? ¿Cómo se recibe una corrección sin entrar en situación de alerta?

Quizás para mi lo importante es reconocer ante cada juicio que en los hechos todo es perfecto tal cual es. Todo está en un perfecto equilibrio al que no le falta ni le sobra nada; quizás el equilibrio actual no es el más eficiente para la tarea que me propongo, pero eso no lo hace equivocado o malo. 

Como alumno (de lo que sea) quiero que tu observación venga sin juicio implícito, ya que estoy haciendo lo mejor que puedo, y lo mejor que conozco. Quiero que me preguntes o al menos consideres cuál es mi necesidad y mi objetivo al realizar la acción como la estoy haciendo. Y si, según mi necesidad u objetivo, tienes una mejor idea o propuesta para realizar la acción, que la que yo estoy pudiendo ofrecer, quiero que me ayudes a experimentarla en mi, ya que a tus palabras sin sensorialidad corro el riesgo de interpretarlas según mis limitaciones actuales. 

Como profesora es muy importante recordarme esto todo el tiempo: mis alumnos no cometen errores, simplemente eligen entre las formas de organizar el esfuerzo/energía que tienen disponibles y reconocen como posibles. Por lo tanto, mis alumnos no necesitan "ser corregidos". Todo lo que puedo ofrecer como profesor es otra opción de organización, tan válida como las que el alumno ya conoce, pero que contempla otras necesidades (en el caso de la TA generalmente es la eficiencia en el uso de la energía).

No es fácil hacer esto. Pero reconocerlo es un comienzo...