miércoles, 3 de abril de 2013

On 21:34 by Victoria Stanham in    No comments
Cuando me preguntan "¿qué es la Técnica Alexander?" y doy mi respuesta del momento, generalmente el comentario que la sigue es "¡Ah! Es un trabajo sobre la postura".

Por mucho tiempo este comentario me generó resquemor. Por lo general en la Técnica Alexander se evita hablar de "postura" correcta/buena o incorrecta/mala, ya que se está priorizando la concepción de un equilibrio dinámico de la estructura (poise) por sobre la idea de una supuesta posición fija o postura ideal. 

Aunque sigo adhiriendo mi apoyo a esta idea general, hoy me amigué con la palabra postura.

Ocurrió en el correr de la mañana mientras charlábamos con colegas sobre la Técnica. La conversación había derivado al tema de las "posturas" que adoptamos (física, mental y emocionalmente) cuando tratamos de adaptarnos a una forma que no es la habitual o cómoda para nosotros; entramos "en pose" para agradar a alguien, encajar en un grupo, o defendernos en situaciones en las que no nos sentimos seguros. La charla siguió por caminos muy interesantes que nos llevaron a hablar del contacto con uno mismo, con el otro y con el ambiente, cómo establecerlo y cómo retirarse de él. 

Pero esto último será tema para otro post. Hoy, estoy con la postura.

Me quedé pensando que hay 2 niveles de lo que llamamos "postura": por un lado está nuestra "postura habitual", ese habitus corporal que es producto de nuestra historia, y por otro lado están nuestras "imposturas", esas poses en las que entramos que no tienen nada que ver con la persona que en verdad creemos ser.

Las imposturas son impuestas. Cuando nos sentimos observados o juzgados (por otros o por nosotros mismos) entramos en impostura: tratamos de forzar una organización sobre nuestro sistema que nos va contra-natura. Ejemplos clásicos son "pararse derecho" cuando nos descubrimos encorvados, o ponernos a dieta forzada cuando nos descubrimos con más kilos de los que nos gustan. Estas imposturas son impuestas sobre nuestra postura habitual, e indefectiblemente fracasan a la larga o a la corta... ya que la postura básica sigue estando debajo.

Nuestra postura (buena, mala, correcta, incorrecta o como queramos juzgarla... en los hechos a ella no le importa) es el registro visible de nuestra historia. En los hechos no es ni buena ni mala, ni correcta ni incorrecta; es lo que es, y no podría ser de otra forma ya que es la consecuencia de decisiones tomadas en el pasado y repetidas hasta hoy. Nuestra postura es el estado de equilibrio al que hemos llegado, es el registro de nuestros hábitos, y estos últimos son los recursos que tenemos para funcionar. Los hábitos no son malos tampoco; son recursos que nos han permitido sobrevivir hasta hoy. Quizás estén un poco desactualizados, ya que se formaron en respuesta a estímulos que hoy ya no son parte de nuestra realidad. ¡Pero por favor no les den más palo! Merecen nuestro respeto y agradecimiento por habernos salvado en su momento, una reverencia, y una buena jubilación para que puedan darle paso a nuevos recursos más actualizados y ajustados a nuestra verdad presente.

Entonces, ¿trabaja la Técnica Alexander sobre la postura? 

Mi respuesta es un resonante SÍ, y sobre la impostura también. 

La Técnica Alexander primeramente nos ayuda a comprender que las imposturas no son la solución a ningún problema, y que en los hechos si se perpetúan nos generarán más problemas que los que dicen solucionar.

Luego que abandonamos la idea de las imposturas (ya no buscamos la pastillita mágica que solucionará todos mis dolores, ni la postura ideal para el trabajo en la computadora), la Técnica Alexander nos ayuda a reconocer y hacer consciente todos esos hábitos de uso de nosotros mismos que nos han dado nuestra postura (forma) presente. Al hacerlos conscientes podemos hacer un chequeo con el presente y determinar si necesitan un update, y actualizarlos acorde al requerimiento presente.

En última instancia la Técnica Alexander nos brinda la posibilidad de vivir libres de toda postura, porque logramos el control sobre nuestra propia forma.  Al decidir momento a momento cómo queremos responder a los estímulos que nos llegan, somos libres de crear nuestra propia forma, de jugar con nuestra propia imagen, según lo requieran las circunstancias presentes.

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