viernes, 2 de agosto de 2013

On 18:48 by Victoria Stanham   No comments
Parada al final de un camino, miro hacia atrás al trillo recorrido y veo extenderse, zigzagueante y crepitante un gran río escamado. 
Imagen cortesía de Karen Shaw
/FreeDigitalPhotos.net

La serpiente, la gran serpiente dorada, mudó de piel, y su antigua funda se extiende como río de oro y diamantes titilando en el crepúsculo. 
Amaba esa piel, la conocía, había aprendido a usarla para conectarme y defenderme, esa era yo. Me miro ahora, desnuda, blanca, pequeña, a la intemperie, y recuerdo las batallas libradas con mi antigua armadura que ahora yace victoriosa sobre la tierra esperando volver a los elementos. 
Corre una brisa y tirito. Brilla el sol y me quemo. Trina un pájaro y me pierdo en su canción.
Imagen cortesía de bejim 
/FreeDigitalPhotos.net
Caigo a tierra respirando a bocanadas... arraigo, arraigo, arraigo, por favor arraigo... ¿quién soy ahora? ¿dónde me encuentro a mí misma? ¿en qué me reconozco? 
Vuelvo a mirar con anhelo a esa vieja piel, pero ya no la reconozco, ya no me dice nada, es hermosa pero es el recuerdo de otra. Toco mi piel, blanca, nueva, hipersensible. 
Escamas, necesito escamas, nuevas escamas de nácar, oro y diamante. Cierro los ojos y las puedo ver, ya están allí, impalpables, intangibles, esperando el roce con la Vida para manifestarse. El soplo de los elementos las volverá visibles y la peinará como plumas. 
Y por ahora... por ahora arraigo.

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