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domingo, 4 de junio de 2017


La bendición y la maldición de los hábitos de movimiento

Los hábitos son respuestas aprendidas: secuencias pre-programadas de movimientos que se ejecutan tal cual fueron grabadas, más allá de cuán apropiadas sean para las circunstancias presentes.

Los hábitos son necesarios: ahorran tiempo y energía; sin ellos tendríamos que armar nuestras respuestas desde cero para cada situación. Los hábitos nos permiten anticiparnos a los cambios y por lo tanto estar listos para responder de alguna forma que ya probamos funciona.

Todas mis respuestas habituales fueron en algún momento respuestas nuevas que me solucionaron algún problema o desafío. Como funcionaron elegí repetirlas una y otra vez, cada vez que una situación o desafío parecido se me presentó. Con cada éxito (relativo o absoluto) mi sistema se fue convenciendo que a este comportamiento valía la pena grabarlo y cementarlo, hacerlo automático, y por tanto lo fue pasando de una respuesta consciente a una respuesta sub-consciente.

Este pasaje de comportamientos del plano consciente al subconsciente o automático, es vital para ahorrar energía y tiempo. Si no me crees, imaginate lo complicada que sería tu vida si todos los días tuvieses que pensar qué acciones seguir para lavarte los dientes, ponerte las medias o llevarte comida a la boca.

El problema es que una vez que una respuesta se vuelve automática por lo general dejamos de observarla. Al dejar de observarla dejamos de medir su eficiencia e incluso su efectividad. Y lo que comenzó como una posible respuesta ante una desafío particular, se vuelve la única respuesta en mi repertorio ante todos los desafíos similares.

Este constante repetición de ciertos movimiento (piensa nomás cuántas veces al día te paras, te sientas, caminas, levantas los brazos, etc.), que recluta los mismos músculos en las misma secuencia una y otra vez, acaba moldeando mi piel, mis huesos, mis músculos, mis tejidos conectivos, mi forma toda.

Mis respuestas automáticas se convierten entonces no sólo en los andamios ocultos sobre los que construyo mis acciones en el mundo, mis reacciones a la vida, mis rutinas diarias, sino también los andamios ocultos sobre los que se modela la forma con la que me presento al mundo.

Y el mundo responde a esta forma que proyecto, y su respuesta me confirma que esta forma es como soy, es quién soy: Moveo ergo sum.


El automatismo me vuelve ciega a mis hábitos, y por tanto me dominan y me definen.

¿Puedo ser de otra forma?

Quiero creer que sí. Los andamios de mis acciones son ocultos sólo mientras no me dedique a buscarlos y des-cubrirlos. Quizás entonces pueda aprender a elegir y construir nuevas respuestas…




lunes, 8 de mayo de 2017

On 16:14 by Unknown in ,    No comments
La buena postura tiene más que ver con cómo te mueves que con cómo te quedas quieto.

Al salir de la adolescencia y entrar en mis veinte mi postura pasó de ser un “no-tema” a un tema recurrente. Una de mis abuelas tenía osteoporosis y una notoria joroba y entre mi familia es bastante común la postura de hombros caídos hacia adelante. Mi otra abuela, que goza de buena postura, huesos de acero y envidiable salud (será el gen escocés… espero haberlo heredado) jura que su secreto es que de chica caminaba media hora diaria con un palo de escoba atravesado en la espalda. Cuando mi hermana en su adolescencia ya mostraba indicios de seguir la línea familiar de hombros caídos, le recomendaron usar uno de esos arneses elásticos que se supone ayudan a corregir la postura.
Dado este panorama no sorprende que hasta no hace tanto creyese como muchos que la postura es algo que se corrige desde afuera, o sea que hay una tal “buena postura” que debe alcanzarse y luego mantenerse a base de entrenamiento muscular. Cuando en mis veinte empecé a ver señales que mis hombros iban por el descendiente camino familiar me compré uno de esos arneses fantásticos y lo traté de usar diariamente, ajustado al máximo obvio. Era horriblemente incómodo y doloroso; me dejaba los hombros y el cuello a la miseria. Lo más triste sin embargo era ver como cuando me sacaba el elemento de tortura mis hombros invariablemente rodaban para adelante, dolorosos pero agradecidos de volver a la “mala” postura que obviamente les quedaba más cómoda. En resumen, mi postura se desmoronaba siempre que no la estuviese fijando en una posición “correcta” por medios externos o por fuerza muscular.
Esta idea de lo que implica una buena postura y cómo lograrla es bastante común. Una rápida búsqueda en Google de “ejercicios posturales” arrojan un montón de resultados que se ajustan a esta idea: qué músculos necesitas fortalecer para mantenerte erguido (por lo general se habla de los músculos del “core” o “centro”, o sea abdominales y espalda) y cuáles músculos deberías estirar para sacarlos de su acortamiento crónico (principalmente los músculos que unen tus piernas y brazos a tu tronco como ser los pectorales, isquiotibiales y psoas).
Aclaremos, no tengo nada contra estos ejercicios ya que comparto en cierta medida la idea que la fuerza y flexibilidad relativa de ciertos grupos musculares juega un rol importante en lo que damos a llamar “buena” postura. Sin embargo, sí tengo un problema con el modelo de postura que los subyace e informa.
Desde la perspectiva de las técnicas somáticas de movimiento el término “postura” tal como es entendido habitualmente es un concepto irrelevante, por lo tanto, no tiene sentido aferrarse ni al término en sí ni a ninguna postura física que se considera “buena”. La palabra postura (etimológicamente emparentada con la palabra “poste”) implica algo estático, y la vida es todo menos estática.
Cuando admiramos a alguien que tiene “buena postura” lo que en realidad estamos admirando es su alineación ósea congruente y óptima para con la actividad que está realizando en ese momento. En inglés se usa la palabra “poise” que es algo así como “equilibrio dinámico”, o sea tener buen “poise” es tener la capacidad de adaptarse a las constantemente cambiantes demandas de equilibrio del cuerpo en el campo gravitatorio de tal forma que no parece haber esfuerzo visible. Esta “quietud” o “silencio” de esfuerzos innecesarios, este juego eficiente de pesos y contrapesos, es la verdadera definición de “buena postura” y se manifiesta en una actitud general del cuerpo y la persona más que en una forma en particular.
El mayor problema con la interpretación habitual del término postura es que nos lleva a pensar en formas fijas, estáticas, inmóviles. El problema con esta concepción es que no se ajusta a la realidad del cuerpo en el campo gravitatorio de la Tierra. Nos estamos moviendo siempre, incluso cuando creemos que estamos quietos. En todo momento hay alguna parte de nuestro cuerpo que está en movimiento (cómo mínimo el movimiento respiratorio), y todo movimiento localizado genera adaptaciones en todas las otras partes del cuerpo para mantener el equilibrio de la totalidad.
Es evidente entonces que mantener la ilusión de una “buena postura” es más una cuestión de administrar el equilibrio dinámico de partes en constante movimiento que una cuestión de mantener ciertas partes de nuestra anatomía en una posición fija (por ejemplo, “hombros bajos”). La postura es una danza, repleta de improvisaciones y micro y macro ajustes de tono y dirección. Dado que todas nuestras partes deben estar prontas para moverse en relación y respuesta al movimiento de todas nuestras otras partes, tratar de mantener una postura fija no es más que interferir con el acto de estar vivo.
Por ejemplo, los omóplatos necesitan moverse como parte del movimiento de rotación del tronco y por efecto del balanceo natural de los brazos. A su vez, los omóplatos necesitan adaptar su posición en respuesta al movimiento de las costillas al respirar. Al fijar los hombros en una posición única interferimos con nuestro caminar y con nuestro respirar. Todo esto interfiere en el movimiento y equilibrio de la columna, y cualquier cosa que interfiera con la columna automáticamente aumenta el esfuerzo que debemos realizar para mover nuestros brazos y piernas.
Obviamente cuando desequilibras tu columna, desequilibras tu eje, y pocas cosas son más angustiantes para tu sistema que la posibilidad de perder el equilibro y darte la cabeza contra el piso.  En respuesta tu sistema aumenta la tensión general del cuerpo. Como ves, un sistema desequilibrado en lo físico generará un desequilibrio en lo psíquico.

Por lo tanto te pregunto: ¿Y si en vez de tratar de mantener una postura fija te preguntas si todo se está moviendo como debería?

miércoles, 1 de febrero de 2017


Estimulando el autoconocimiento y la autoconfianza a través del movimiento natural y la realineación postural.

Hace años que les doy clases de inglés a adolescentes. Los veo venir, con sus cuerpos y sus psiques en constante cambio. A muchos los acompaño durante años y los veo crecer de niños grandes a jóvenes adultos.

Es a los 15 o 16 que empiezan las primeras quejas sobre dolores de espalda y cuello. Los veo hacerse unas moñas corporales, totalmente colapsados sobre el libro o cuaderno. Me cuentan algunos que van a hacerse masajes todas las semanas. ¿Tan jóvenes?

La mayoría de los adolescentes, si les das la opción, se quedarían vegetando en un sillón, mirando tele o jugando con el celular, en un eterno letargo que parece retroalimentarse cuanto más se practica. Y es que la falta de movimiento genera un círculo vicioso, que produce mala circulación y acumulación de toxinas metabólicas, lo que a su vez tendrá como consecuencia más letargo, sensación de pesadez corporal y, por ende, aún menos disposición al movimiento.

El problema es que moverse en la adolescencia dejó de ser un placer y pasó a ser un deber. Los niños chicos están llenos de energía y mayormente faltos de malos hábitos posturales. Pero a medida que crecemos y dejamos de movernos como la naturaleza nos diseñó, y empezamos a movernos más según un programa externo, moverse deja de ser una herramienta de autodescubrimiento y pasa a ser, en algunos casos, una herramienta de tortura. Muchos adolescentes detestan el ejercicio físico, aunque lo practiquen, porque no está asociado al placer de moverse y descubrir su potencial, sino a competir, juzgarse, dominar el cuerpo, o a una imposición del sistema educativo y de una sociedad que valora los cuerpos flacos y tonificados.

Crecemos desconociendo nuestro propio cuerpo, sus estructuras y sus funciones. Por tanto no le brindamos los estímulos que necesita para regenerarse y prosperar, y en vez le ofrecemos estímulos para los que no está correctamente organizado ni preparado. El resultado final es generalmente el dolor, la contractura, la tensión y a veces la lesión… que de paso nos inmoviliza aún más. En los hechos, el comentario que más recibo de mis alumnos adultos de reeducación postural consciente es: “¿por qué no me enseñaron esto de joven?”

Una buena postura tendría que ser lo más natural para todos…

La estructura, la función y el estímulo son interdependientes. En otras palabras, nuestro cuerpo (estructura) está diseñado para el movimiento (función) usando la gravedad (estímulo) a su favor.

Todos los seres que poseen una columna vertebral utilizan la presión hacia abajo que genera su propio peso para generar una contrapresión elástica que los impulsa hacia arriba y adelante.

Esta presión-contrapresión elástica y rítmica, que se transmite de cabeza a pies y de pies a cabeza, depende, para su transmisión fluida, del movimiento proporcional y armónico de todas las partes del cuerpo. A lo largo de la evolución de los seres vertebrados se desarrollaron ciertas configuraciones de movimiento que permiten este fluir ininterrumpido, resultando en un movimiento global eficiente y económico en esfuerzo.

Para mantener un sistema músculo-esquelético sano y que lleva a cabo un movimiento eficiente, es necesario un sistema nervioso ágil y despierto, que coordine todas las partes del cuerpo en una alineación postural continua y coherente.

Cuando se adormece esta cualidad autoperceptiva del sistema nervioso, ciertas partes del cuerpo se pierden del mapa perceptivo, lo cual las lleva a no participar de los movimientos. Esta falta de movimiento es compensada por alguna otra parte, que aumentará desproporcionalmente el suyo para permitirnos seguir en la danza con la gravedad.

Pero, lo que era una melodía armónica de movimiento fluido, pasa a ser un montón de ruido entrecortado… y esta disonancia genera dolor, contracturas, lesiones, jaquecas, vértigos y una larga lista de quejas del cuerpo.

Una postura colapsada y rigidizada tiene además efectos sobre el humor y el estado general de ánimo.

Cuando el fluir de la presión-contrapresión a través del cuerpo no nos lleva hacia arriba, quedarse colapsado en un sillón, haciendo nada, pasa a ser una opción muy tentadora. Moverse duele, cuesta, el cuerpo lleno de toxinas metabólicas genera más letargo… y la descoordinación neuro-motora no hace del movimiento dinámico algo entusiasmante.

¿Cómo salir de este dilema?

Ya todos sabemos que es necesario moverse para potenciar la salud y el bienestar mental y corporal. El problema es que, en general, nos re-iniciamos en el ejercicio físico cuando ya estamos en un estado de descoordinación.

La primera consideración que deberíamos tener antes de comenzar a hacer cualquier ejercicio de impacto es asegurarnos que nuestra postura es lo suficientemente confiable para proteger las articulaciones más vulnerables: cuello, espalda baja, caderas, hombros y rodillas.

Si nuestra postura no está bien alineada vamos a estar cargando con tensión extra, vamos a realizar más esfuerzo del necesario, y además corremos el riesgo de lesionarnos.

Para lograr una buena integración postural hay que desaprender estrategias adquiridas que resultan poco eficientes y redescubrir formas de organizar e integrar posturalmente nuestro tronco, cabeza y miembros que se asemejan más a las estrategias que utilizamos de bebés.

Pero, a diferencia de en aquellos primeros pasos, el re-aprendizaje en el adolescente y el adulto requiere de conciencia, en especial de la autoconciencia y autopercepción, ya que para darle lugar a nuevas formas  es necesario inhibir hábitos muy practicados.

Más el resultado vale la pena: lograr movernos con placer nos vuelve más dispuestos hacia el movimiento y nos inspira a redescubrir y conquistar nuestro potencial.


- Victoria

miércoles, 7 de enero de 2015



Esto significa primero parar para darnos la oportunidad de “decirle no” (inhibir) a nuestra manera habitual de movernos y reaccionar. Esta manera habitual está conformada por nuestros patrones de tensión continuos y arraigados que implican un “punto de partida” o “set point” ineficiente.

Por eso, luego de reconocer el estímulo a la acción, nos damos una micro pausa, un poco de espacio para observar y (de ser posible) frenar nuestra reacción habitual y considerar realmente “cómo” queremos responder.

Lo que queremos es un mejor punto de partida; por ello le damos lugar a nuestro “movimiento primario”. Este “movimiento primario”, que concierne la relación dinámica entre cabeza y columna, nos deja en las mejores condiciones posibles para cualquier acción: una situación de equilibrio dinámico.

Pero con esto aún no has ido a ninguna parte.  Y es el empezar a moverte, y el continuar moviéndote en la manera que decidiste lo que está en juego aquí.

Tenés que primero habilitar el movimiento primario. Pero luego tenés que mantenerlo habilitado mientras entrás en acción, y es aquí cuando tu cerebro reconocerá lo que querés hacer y querrá insertar el viejo patrón de tensión.

¿Cómo mantener el movimiento primario habilitado durante el movimiento? Necesitás usar tu mente: atención plena en cada movimiento, consciencia de tu cuerpo como un todo durante el movimiento. En la jerga “Alexandriana” a esto se le llama: “mantener tus direcciones”. F.M. Alexander dijo una vez, “Ustedes creen que la Técnica Alexander es algo físico; yo les digo que es la cosa más mental que jamás se haya descubierto.”

Es un estado persistente y continuo de monitoreo, de atención plena del movimiento y consciencia de ti mismo en relación a tu espacios internos y externos. Lo que querés es atraparte cuando el hábito asoma su nariz, para dejarlo ir antes de que tome por completo el control de tu sistema. Tu monitoreo continuo le da la fuerza, la energía a la nueva manera.


Así es como construimos un nuevo “hábito”.

jueves, 18 de diciembre de 2014

La Técnica Alexander se concierne primero con aclarar tu pensamiento para que puedas moverte en la dirección que deseás, y no en la dirección que tu hábito inconsciente te llevaría.

Por eso, antes de moverte, haces una micro pausa para recordarte soltar tus patrones de tensión habitual. Y luego de la pausa es cuestión de comprometerte con la nueva dirección.

En última instancia, una dirección es un movimiento de un punto A un punto B. Pero, en la Técnica Alexander, nos interesa sobre todo cómo atravesamos esa distancia.

En términos corporales, ese “cómo” está determinado por un “movimiento primario” que viene antes de cualquier paso que tomemos en dirección al punto B. Este “movimiento primario”, que tiene su manifestación física en la relación dinámica entre cabeza-columna-costillas-cinturas-miembros, es controlado por dos aspectos “mentales.”

El primer aspecto “mental” es la conciencia corporal (mapa corporal). Durante las clases de Técnica Alexander intentamos afinar nuestra apreciación sensorial de las partes de nuestro cuerpo y su relación entre sí y con el todo.

El segundo, y más importante, aspecto mental es quizás particular a la Técnica Alexander.

Habiendo determinado “cómo” queremos viajar de A a B, la Técnica Alexander se centra en asegurarse que comencemos y continuemos moviéndonos en esa dirección en las condiciones que nos establecimos. Lo que seguro no queremos es que nuestros patrones de tensión habitual nos asalten en el momento que entramos en acción y deshagan nuestro “movimiento primario.”

Hay infinitas formas de viajar de A a B. El “movimiento primario” se asegura que lo hagamos de tal manera que no interfiramos con los reflejos posturales naturales. Alexander lo llamaba “alargar (y ensanchar) la estatura” que es algo así como decir “descomprimir las articulaciones para el movimiento” o “crear espacio para que el movimiento ocurra.”

jueves, 11 de diciembre de 2014


Dos de los beneficios principales de la Técnica Alexander son mejoras en salud y postura. Sin embargo, estos beneficios no son exclusivos de la Técnica.

El objetivo de la Técnica Alexander puede describirse como “lograr ligereza y libertad de movimiento con el mínimo esfuerzo.” Pero aquí tampoco tiene monopolio la Técnica Alexander.

Lo que distingue a la Técnica Alexander de otras disciplinas mente-cuerpo no es el resultado final, sino el énfasis que se pone en cómo llegamos a ese resultado. La clave está en el PROCESO DE PENSAMIENTO que se utiliza.

Aunque en las clases de Técnica Alexander aprendes ciertos aspectos anatómicos y fisiológicos del movimiento, estos conocimientos no son el verdadero corazón del trabajo. En la Técnica Alexander, cuando pensamos en las estructuras que moveremos, nos interesa más la claridad de pensamiento y la intención detrás del movimiento que el movimiento en sí.

El proceso de aprendizaje en la Técnica Alexander se centra en clarificar el proceso de pensamiento que lleva al movimiento. Alexander lo llamaba “agilizar la mente consciente.” Trabajamos con las capacidades mentales de razonamiento, discriminación, creatividad y decisión.

Cuando nuestros cuerpos no responden a nuestros deseos conscientes no siempre se debe a un impedimento estructural, sino a que tenemos deseos inconscientes que están en conflicto con nuestros deseos conscientes. Estos “deseos inconscientes” se manifiestan en patrones de tensión muscular.

No nos damos cuenta de esto porque nuestros deseos inconscientes han estado allí tanto tiempo que ya se han vuelto parte de nuestra “definición personal.” Para ir en una nueva dirección consciente tenemos que primero reconocer la dirección en las que ya estamos yendo inconscientemente… y soltar ese deseo.


De esto se trata la Técnica Alexander: Si deseas ir a la izquierda, primero debes parar para recordarte soltar tu hábito de siempre ir a la derecha. Porque si te mandas para la izquierda sin pensar, o sea, sin “inhibir” tu tendencia de ir a la derecha, acabarás sin ir en ninguna dirección completa o satisfactoriamente.